Principios / Marta Yolanda Díaz-Durán A.

6.04.2018

Jimmy, el globito




Jimmy Morales, además de ser el Presidente del Ejecutivo, es el globito predilecto para captar la atención de los ciudadanos distraídos. Literalmente, sin ánimo de ofender pero usando la metáfora correcta, es el payaso preferido del circo. La ironía del asunto es que los asistentes a la función son incapaces de darse cuenta que los engañados en el espectáculo son ellos mismos y que, en el largo plazo, los más dañados también serán ellos. Total, el payaso, independientemente de quién sea o de que sea aplaudido o abucheado, tarde o temprano será reemplazado y podrá retirarse a vivir del pago que recibió por su actuación, sin importar, dentro del contexto actual, si esa actuación fue buena o mala. Y, como dice el refrán, “el que ríe el último, ríe mejor”.

En lugar de estar perdiendo el sueño por cada suspiro que da Morales y su corte de ineptos, al menos en su mayoría, debemos enfocarnos primero, en identificar claramente el origen común de nuestras tragedias políticas. Esta identificación debemos hacerla de forma objetiva y basada en los hechos comprobables, no en falsas expectativas, sesgos o excusas para justificar nuestra amargura o frustración. No se diga la envidia que, irónicamente para quienes los carcome, es a quienes más daño hace.

Segundo, debemos honestamente discutir las posibles soluciones al problema y decantarnos por apoyar aquellas que la evidencia a lo largo del tiempo muestre que son las idóneas para que podamos vivir en una Guatemala diferente. Al menos, en el caso de quienes visualizamos una Guatemala donde podamos cooperar, intercambiar y convivir en paz, respetándonos los unos a los otros y cada quien persiguiendo sus anhelos propios en pos de su felicidad, no la de los demás.

Es imprescindible para que la mayoría deje de falsear la realidad, que reconozcamos que nos estamos jugando las condiciones en las cuales vivimos en nuestro país. Que si estas condiciones no cambian para bien, muchos más de nuestros compatriotas van a morir en búsqueda de mejorar su calidad de vida en EE.UU. Porque sí, es a EE.UU. donde van a emigrar en búsqueda de esa mejora, no a Nicaragua, a Venezuela o a Cuba.

Y lo más lamentable de esta historia es que los principales culpables de la muerte de nuestros compatriotas no serán los coyotes, los narcotraficantes y los patrulleros en las fronteras. Los principales culpables son aquellos que les da pereza hacer el esfuerzo mental por aclararse las ideas. Por supuesto, aquellos que saben que están equivocados pero prefieren la miseria para todos por igual, antes que el progreso diferenciado, merecen un apartado especial en los círculos del infierno de Dante.

La última línea de defensa en apoyo del progreso somos nosotros mismos. Si queremos ser libres y prósperos, debemos librarnos de un aparato estatal asfixiante que amenaza nuestros derechos, malgasta nuestros recursos, destruye el valor de nuestro dinero y nos impide crear riqueza. Reconocer la obviedad de que el común denominador de la inseguridad, de la corrupción, de la injusticia es el poder. Y una vez este no sea limitado, nos toparemos en todos lados con una interminable propaganda sobre lo indispensable que es y cuán perdidos estaríamos sin el Divino Estado. Y no habrá fuerza que pueda detener a quienes quieren llegar al ejercicio del poder para vivir a costa de los sufridos tributarios. Eso sí, bien entretenidos y burlados con los globitos políticos.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “El Siglo”, el lunes 4 de junio de 2018.

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3.05.2018

¿Magistrados o dictadores de la CC?




El frágil sistema de pesos y contrapesos propuesto por los constituyentes en 1985 ya no funciona. O, tal vez nunca funcionó, porque la falla del sistema es de raíz. El problema se origina en las premisas a partir de las cuales acordaron las normas que nos iban a regir en la que, efectivamente, es la era democrática; en la cual la mayoría (de la minoría que es la que generalmente vota) elige emocionalmente, motivada por ofertas incumplibles pero que alimentan la falaz y cómoda idea de que alguien más se va hacer cargo de nuestras vidas.

La ironía del caso es que al final, quiénes se han convertido en los dioses de nuestra democracia son cinco personas que integran la Corte de Constitucionalidad (CC), quienes ni siquiera son electos por los ciudadanos, sino son designados a dedo, dependiendo de qué grupo de presión es el más influyente en un momento determinado. Por cierto, esos mismos grupos de interés son también un resultado del sistema de incentivos perversos que actualmente impera en nuestro país, en el cual en última instancia prevalece la voluntad de los magistrados de la Corte mencionada. En otras palabras, son ellos quienes están gobernando sin límites e importándoles poco la Constitución, la justicia y el bienestar de los guatemaltecos. Un  ejemplo de lo anterior es el caso del cierre de operaciones de la Mina San Rafael.

Leslie Stephen, en “The Science of Ethics” (1882), reconoce que “los abogados tienden a hablar como si la legislatura fuera omnipotente, ya que no se ven precisados a ir más allá de sus decisiones… pueden hacer cualquier ley que les plazca y en cuanto una ley significa cualquier norma establecida por la legislatura”. Y, aunque Stephen considera que “desde el punto de vista científico, el poder de la legislación está estrictamente limitado... desde dentro porque la legislatura es el producto de una cierta condición social… que determina la sociedad… [Por medio de] la Constitución… y desde fuera, porque el poder de imponer leyes depende del instinto de subordinación, que en sí mismo tiene sus límites”, en nuestra triste realidad, los legisladores podrían decidir que había que “matar a todos los niños de ojos azules”, probando la locura que los invade, y, peor aún, la mayoría de los ciudadanos mostrarían que se han convertido en “súbditos idiotas” sometidos a una legislación absurda, exigiendo que ésta se cumpla.

¿Cómo serán recordados los magistrados de la CC?  ¿Cómo personas honestas, respetuosas de la ley y conscientes de su responsabilidad? ¿O cómo oportunistas vendidos a la voluntad destructora de CALAS? ¿Cuántos se quedaran sin trabajo si cierra definitivamente la Mina San Rafael? ¿Quiénes se benefician del cierre y por qué se benefician? ¿Qué podemos hacer? ¿Nos encontramos indefensos ante las decisiones de la CC? ¿Sólo nos queda esperar que, casi por milagro, los dictadores de la mencionada corte cumplan con su función de defender el orden constitucional, según dicta el artículo 268 de la Constitución?


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 5 de marzo de 2018.

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9.12.2016

¿Qué es la Libertad?



¿Qué significa ser libre? ¿Qué se necesita para ser libres? ¿Cuáles son las responsabilidades que adquirimos al reclamar nuestro derecho a la Libertad? ¿Cuáles son las obligaciones de los otros? ¿Para qué queremos y debemos actuar en base a nuestro juicio propio? ¿Dentro de qué contexto es necesario reconocer el derecho a ser libres?

¿Qué es la libertad? Es la condición sine qua non, junto con la propiedad privada, para vivir en sociedad. Las decisiones que cada persona toma en lo que respecta a su vida y a sus bienes deben ser respetadas, una vez esas decisiones no violenten los mismos derechos de los otros que reclama para sí mismo. Para poder alcanzar nuestros fines, debemos ser libres de actuar según nuestro juicio propio, les parezca o no a los demás. Sólo así lograremos convertirnos en quien queremos ser.

Necesitamos muchas cosas para sobrevivir y vivir la mejor vida posible. Necesitamos un trabajo productivo, educación, gozar de una buena salud, un techo que nos cubra de las variaciones del clima, un vestido que nos proteja, tiempo de ocio… y muchas cosas más, dependiendo de lo que deseamos para vivir como nosotros queramos. El único responsable de satisfacer tales necesidades es uno mismo. Es injusto pretender cargar a otros con nuestras responsabilidades individuales.

Es una falacia decir que necesitamos tener satisfechas nuestras necesidades para ser libres. Aquellos que piensan de esa manera, también creen que hay unos que deben ser en cierta medida esclavizados para mantener a otros, lo que es una clara contradicción en una sociedad de personas libres. Para ser libres necesitamos que los demás nos respeten y no interfieran con nuestras decisiones, una vez éstas no violen los derechos de otros. Cada uno de nosotros es responsable de esforzarse, mental y físicamente, para satisfacer sus necesidades y la de sus seres queridos.

Para poder satisfacer nuestras necesidades nos debemos respetar los unos a los otros. Todos aquellos que no pretendemos vivir a costa de los demás, que somos respetuosos de los derechos de los otros y asumimos la responsabilidad de nuestra vida y nuestras acciones, tenemos la solvencia moral de exigir a los demás que nos respeten. Todos, no importa nuestra edad, sexo, nacionalidad, etnia, escolaridad… tenemos la oportunidad de corregir nuestro camino y decidir nuestro destino.

Sobran historias de individuos que, independientemente de las condiciones miserables en las cuales nacieron, en base a su ingenio, empeño y trabajo lograron crear la riqueza necesaria para vivir cómodamente y mejorar su calidad de vida y la de sus familias. Casos como el de Steve Jobs que mejoraron su propia vida y la de millones de personas. “Nadie me ayudó. Nadie me regaló nada. Nadie me ha dejado nada. Todo lo que tengo, me lo gané”, declaró la escritora inglesa Taylor Cadwell a un entrevistador en 1976. Una meta a la cual podemos aspirar para sentirnos orgullosos de nosotros mismos y vivir una vida digna de recordar por otros.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 12 de septiembre de 2016.

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9.05.2016

El terror de los inocentes



El viejo refrán según el cual quién nada debe nada teme, no aplica en sociedades como la nuestra, donde el poder del que gozan los gobernantes es casi ilimitado y, para colmo de males, la mayoría cree que éstos deben intervenir en prácticamente toda faceta de la acción humana. En tales condiciones, que los inocentes no deben temer es un juicio falso. Un gobierno con posibilidad de decidir sobre nuestras vidas y propiedades, que convierte casi en una ficción nuestro derecho a la libertad, es contrario a la moderna idea republicana cuya única razón de ser del gobierno es velar precisamente por los derechos individuales de todos.

En un país de todopoderosos gobernantes, ya sea que gobiernen dando la cara o tras bambalinas, cualquiera, en cualquier momento, haya o no violado los derechos de otros, haya o no cometido un delito o un crimen, puede ser detenido y encarcelado sin ningún miramiento y en franca violación del debido proceso. Se violan los derechos de la mayoría, con la venia de muchos y rara vez se escucha a la misma víctima reclamar respeto. Se violan todos los días. Los violan los delincuentes, los criminales y los mismos gobernantes azuzados por los líderes de los grupos de presión que en la mayor parte de los casos sólo se representan a sí mismos.

Hasta Pierre-Joseph Proudhon, a quien nadie puede acusar de ser liberal o capitalista, en “Idea General de la Revolución en el siglo XIX”, publicada en 1851, escribió: “Ser gobernado significa ser observado, inspeccionado, espiado, dirigido, sometido a la ley, regulado, escriturado, adoctrinado, sermoneado, verificado, estimado, clasificado según tamaño, censurado y ordenado por seres que no poseen los títulos, el conocimiento ni las virtudes apropiadas para ello. Ser gobernado significa, con motivo de cada operación, transacción o movimiento, ser anotado, registrado, contado, tasado, estampillado, medido, numerado, evaluado, autorizado, negado, endosado, amonestado, prevenido, reformado, reajustado y corregido”.

Continúo con Proudhon: “Es, bajo el pretexto de la utilidad pública y en el nombre del interés general, ser puesto bajo contribución, engrillado, esquilado, estafado, monopolizado, desarraigado, agotado, embromado y robado para, a la más ligera resistencia, a la primera palabra de queja, ser reprimido, multado, difamado, fastidiado, puesto bajo precio, abatido, vencido, desarmado, restringido, encarcelado, tiroteado, maltratado, juzgado, condenado, desterrado, sacrificado, vendido, traicionado, y, para colmo de males, ridiculizado, burlado, ultrajado y deshonrado ¡Esto es el gobierno, esta es su justicia y esta su moralidad!”.

Varios de quienes nos damos cuenta del camino que andamos optan por hacer la maleta e irse a vivir a otro lado, con la expectativa de que van a vivir mejor. Otros, nos quedamos a dar la batalla, con la esperanza de que más despierten de la pesadilla del Estado Benefactor/Mercantilista y, finalmente, podamos cambiar de manera radical el sistema en el cual vivimos hoy.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 5 de septiembre de 2016.

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8.01.2016

La injusticia de la redistribución



Hay quienes creen que pueden redistribuir, arbitrariamente, lo creado por unos a otros. Lo que unos han creado a base de su esfuerzo mental y su esfuerzo físico. Lo que unos han producido con el objetivo de alcanzar las metas que se han fijado en la vida. Riqueza que se han ganado justamente, respetando los derechos individuales de los demás y respetando los contratos que hayan hecho con otros. Riqueza que los redistribuidores, con alma de dictador, creen que tienen el derecho de entregar a otros que no la han ganado.

¿A qué se debe tal arrogancia de los redistribuidores, con disfraz de humildad y aprecio por los desposeídos? Al final, lo único que logran es obstaculizar el camino para superar la pobreza de aquellos con menos recursos, además de promover un sistema de incentivos perversos. Obstaculizan el progreso de todos, en particular el de los más pobres, porque promueven la expoliación de capital a quienes pueden invertir para transformar recursos en riqueza y crear fuentes de trabajo productivo que contribuyan a la mejora en los ingresos reales de todos, incluidos los menos productivos, ya que hasta ellos tendrían más oportunidades de encontrar un empleo.

Promueven el sistema de incentivos perversos que tanto daño a hecho a la moral de muchos. Creen que unos, por ser exitosos, deben sacrificarse por otros, independientemente de si estos otros merecen lo que el redistribuidor pretende entregarles. Todos tenemos necesidades pero, de igual manera, tenemos la responsabilidad personal de satisfacerlas. Es injusto responsabilizar a unos de satisfacer las demandas de otros que, en muchos casos, se conforman con las migajas que les entregan los redistribuidores, después de que el dinero arrebatado a los creadores se pierde en el parasitario aparato burocrático estatal y las cuentas de los gobernantes. Es en estos dos rubros donde termina la mayor parte de la riqueza que, si se hubiera quedado en manos de sus legítimos dueños, hubiera contribuido a la mejora en la calidad de vida de otros, en la medida en la cual cada uno ganara su pan de cada día.

Por cierto, es más importante el esfuerzo mental que el físico, porque de poco sirve hacer enormes esfuerzos físicos, si partimos de un juicio que es falso nunca vamos a alcanzar nuestros objetivos, cualesquiera que estos sean y por más que trabajemos 18 horas al día, todos los días de nuestra vida. El objetivo del esfuerzo mental es el reconocimiento de los hechos de la realidad que nos permite emitir juicios verdaderos.

Circula un "meme" en las redes sociales virtuales que dice: “El envidioso no quiere lo que tú tienes, lo que quiere es que tú no lo tengas”. Y a estas alturas del debate, y con toda la evidencia que prueba que el intervencionismo, el estatismo, el colectivismo y la redistribución sólo obstaculizan el desarrollo, pienso que quien haya escrito la frase mencionada tiene razón. Por supuesto, aparte están los politiqueros oportunistas que saben que la mayor parte de lo redistribuido terminará en sus bolsillos.



Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 1 de agosto de 2016.

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7.11.2016

Movilidad social

Igualdad ante la ley versus la "equidad"

La llamada movilidad social vertical (poder pasar de pobres a ricos y viceversa) depende del sistema político y la forma de gobierno que impere en una sociedad. A más libertad, más respeto a la propiedad privada de los medios de producción y más seguridad en lo que respecta a la vida y el cumplimiento de los contratos, mayor es la probabilidad de que aquellos que nacen en una familia con pocos recursos económicos puedan crear riqueza y mejorar sustancialmente su calidad de vida. Por supuesto, lo anterior a partir de las metas que cada uno se fije, del riesgo que se esté dispuesto a tomar y del esfuerzo, tanto mental cómo físico, que cada quien esté dispuesto a hacer.

Por el contrario, a más intervención, más estatismo, más colectivismo y más privilegios a los distintos grupos de presión, mayores serán los obstáculos para la superación personal de la mayoría, en particular de los más pobres. Los únicos que por un tiempo se benefician de un status quo basado en la idea de que los gobernantes, en nombre del abstracto Estado, pueden violentar los derechos de unos para favorecer a otros, son aquellos que llegan al ejercicio del poder, sus parientes y sus amigos.

Hace un par de semanas leí un artículo firmado por Sarah O’Connor en el Financial Times (elP 28 de junio de 2016), titulado “Los ricos tienen que ceder su lugar para que los pobres salgan adelante”, el cual me motivó la presente reflexión. En el escrito de O’Connor, lleno de falacias, la autora asegura que casi nada ha cambiado desde el siglo quince, lo que salta a la vista que no es cierto. Obvia, no sé si intencionalmente o por ignorancia, todo el progreso que hubo para los miembros de nuestra especie a partir del siglo diecinueve y de la revolución industrial.

La mencionada reportera termina su artículo de una forma que me parece funesta: “Si no encontramos una manera de impulsar la productividad y el crecimiento, entonces tendremos que aceptar la alternativa: si queremos que avancen más niños pobres, algunos niños ricos tendrán que bajar de nivel”. O’Connor propone sacrificar a unos niños para el supuesto beneficio de otros, apelando a la confusión que existe en lo que respecta al origen de la riqueza y, me atrevo a apostar, que confía en la envidia y el resentimiento de otros para fortalecer el apoyo a su propuesta.

El argumento principal de O’Connor, muy difundido en ambientes burocráticos estatales, se basa en la falacia de que lo que importa es la brecha entre ricos y pobres, y no en el juicio verdadero de que lo importante es la mejora constante en la calidad de vida, sostenida en el tiempo, de todos. ¿Qué podemos inferir de aquellos que les preocupa más la brecha de la desigualdad, que la mejora en la calidad de vida de la gente?

En fin, una de las cosas que podemos hacer es aprender de los errores de nuestros antepasados y de nuestros contemporáneos (los venezolanos, por ejemplo), para no cometerlos nosotros también. Debemos aclararnos las ideas.



Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 11 de julio de 2016.

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2.01.2016

Justicia para Anaité



Y para todos los inocentes que se encuentran presos, víctimas de abogados y jueces corruptos que abusan de la poca institucionalidad que hay en Guatemala, que se aprovechan del sistema de incentivos perversos que prevalece en nuestro país para violentar los derechos individuales de miles, en particular el derecho al debido proceso, privándolos de su libertad y poniendo en riesgo su vida misma.
                                                            
Puedo citar varios artículos de nuestra Constitución que nos aseguran a todos ese derecho al debido proceso, pero me voy a enfocar hoy en dos: el artículo 12 que dice: “Derecho de defensa. La defensa de la persona y sus derechos son inviolables. Nadie podrá ser condenado, ni privado de sus derechos, sin haber sido citado, oído y vencido en proceso legal ante juez o tribunal competente y preestablecido”; y el artículo 14 que reza: “Presunción de inocencia y publicidad del proceso. Toda persona es inocente, mientras no se le haya declarado responsable judicialmente, en sentencia debidamente ejecutoriada”.

En el caso de Anaité Alvarado Sánchez, quien se encuentra injustamente presa, se ha violentado descaradamente el derecho al debido proceso, entre otros derechos, ya que la juez Julia Rivera del juzgado 4to. de primera instancia penal la ¿sentenció?, sin una sola prueba en su contra, a guardar cárcel por los delitos de los cuales se acusan a otras personas, bajo la excusa de que puede influir a los acusados. Absurdo. La Ley también aplica a los jueces que no actúan en base a derecho, y en su momento, la juez mencionada tendrá que pagar las consecuencias de sus acciones.

Si Roberto Montano y la otra persona son responsables de los delitos de los que se les acusa no es un tema que a mí me compete. Montano y su empleado deberán responder de tales acusaciones. Pero nadie más: ni sus padres, ni sus hermanos, ni sus hijos, ni las que han sido sus esposas. Sin embargo, la actitud de los demandantes responde a la idea de buscar quién se las paga y no quién se las debe. Pretenden hacer justicia cometiendo una injusticia. Tal es el caso de Anaité, a quien tienen como rehén bajo la amenaza de que si no aparece Roberto Montano y el dinero que le reclaman, la dejarán presa. ¿Con qué autoridad? ¿Qué les permite creer que se pueden salir con la suya? Los delitos de los cuales acusan a Montano palidecen al lado del crimen que ellos cometen.

Entre los abogados que representan a los que se consideran afectados por las acciones de Montano, se encuentra Frank Trujillo, hermano del célebre Héctor que hoy se encuentra detenido en EE. UU. por el caso de corrupción en la FIFA. Me cuentan colegas suyos que tiene una fama similar a la del hermano y que al parecer eso le afecta poco. Lo lamentable en la canallada contra Anaité, es la participación de abogados que navegan con la bandera de correctos, que no son nada más que sepulcros blanqueados. Esta tragedia nos muestra que cualquiera en Guatemala, aunque no sea culpable de lo que se le acusa, puede ir preso. Hoy es Anaité, mañana puede ser usted.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 1 de febrero de 2016.

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3.16.2015

Privados de razón



Si hay algo que me parece repugnante, es esa costumbre políticamente correcta, esa actitud hipócrita de quienes se solidarizan con los criminales y se dedican a buscar maneras de aliviar las cargas que les representan las penas impuestas por sus crímenes. Desde el uso tergiversado del lenguaje hasta el absurdo de que no se les puede obligar a trabajar para que paguen sus deudas, compensen a sus víctimas y se hagan cargo de sus vidas y las de sus familiares que dependen de ellos. Algo que usted y yo hacemos TODOS los días: trabajar para satisfacer nuestras necesidades, cumplir con nuestras responsabilidades y velar por nuestros seres queridos que hemos elegido apoyar para conservarlos como valores que son para nosotros en lo particular.

Para estos defensores de malhechores, quienes debemos hacernos cargo del bienvivir de los criminales presos somos nosotros. Creen que debemos pagar impuestos para que no les falte comida tres veces al día, tengan un techo que los cubra, vestido que los proteja y todo el tiempo del mundo para andar de vagos y continuar desde la prisión cometiendo crímenes y delitos, poniendo en riesgo la existencia de gente inocente que en la mayoría de los casos son escogidas al azar como objetivos de las acciones delincuenciales de los mencionados mantenidos.

Una de las más recientes tonterías que parece haber sido acogida por los medios de comunicación, un agravio más para aquellos que han sido lesionados por los nombrados antisociales, es la de llamar privados de libertad a los secuestradores, a los asesinos, a los violadores, a los ladrones, a los extorsionadores… que se encuentran encarcelados. Un eufemismo que a los únicos que causa risa es a los maleantes que han violentado la vida, la libertad y la propiedad de otros. Al resto de personas que NO somos indiferentes ante las injusticias, nos causa coraje escucharlo y a unos pocos nos disgusta tanto que somos capaces de verbalizar esa indignación con la esperanza de que más se unan a condenar esa innoble manera de proceder de unos cuantos que, además, se engañan a sí mismos pensando que hacen un bien profundizando el sistema de incentivos perversos dentro del cual vivimos.

Nuestro apoyo debe ser para las víctimas. Nuestra compasión para aquellos que han sido lastimados por personas cuyo código de valores es contrario a la moral objetiva que promueve la coexistencia pacífica entre los miembros de nuestra especie. Nuestras acciones deben ir encaminadas a construir un Estado de Derecho donde todos seamos iguales ante la ley. Pelear por un sistema político que solo otorgue poder a los gobernantes para que los antisociales que violentan los derechos individuales de otros sean los menos posibles, y cuando la violación no se haya podido evitar, que el responsable del delito pague las consecuencias de sus acciones y compense a sus víctimas. Gobernantes que se aseguren que de verdad se haga justicia y que se respete la vida, la libertad y la propiedad de los respetuosos.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 16 de marzo de 2015.

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11.24.2014

El estatismo es cosa de locos



El pasado martes 18 de noviembre, conversé en ContravíaPM, programa radial producido por “Libertópolis”, con el abogado Luis Pedro Álvarez, diputado de Encuentro por Guatemala y Presidente de la “Comisión Extraordinaria de Asuntos Sobre Discapacidad” del Congreso, sobre las trágicas condiciones en que se encuentran los pacientes institucionalizados en el Hospital Nacional de Salud Mental Federico Mora, lugar en el cual pareciera que el último acto de cordura es optar por la locura. Un infierno del cual es casi imposible escapar, más allá de las buenas intenciones de unos cuantos por hacer el bien. Un resultado esperado del estatismo: la idea que promueve esclavizar a la mayoría en beneficio de unos cuantos, impulsado por gente que prefiere hacerse la loca antes de aceptar que es un fracaso si acaso su objetivo es mejorar justamente la calidad de vida de todos de manera sostenida en el largo plazo.

Son estatistas los sistemas que otorgan un poder casi ilimitado al gobernante quien, en nombre del Estado, decide cuáles son los derechos de las personas y es quien los concede. Los que hacen creer que los derechos pertenecen a la sociedad y es esa sociedad la que dispone de la vida, la libertad y la propiedad de todos… los que no ejercen el poder. Da igual que sean sistemas de derecha o de izquierda, una vez pretendan que los gobernantes en nombre de abstracciones tales como la sociedad, el Estado, el pueblo, la nación, la familia… decidan sobre usted y sus bienes. Todos los dictadores son estatistas, como lo son aquellos seudointelectuales que mantienen estas convicciones.

Ayn Rand y Ludwig von Mises explican con detalle por qué se incluyen entre estos sistemas el socialismo, el comunismo, el fascismo, el nazismo y el Estado Benefactor. Todos variantes del mismo pensamiento. Todos sistemas injustos e inmorales por medio de los cuales la embaucada mayoría sostiene la fantasía de que quienes ejercen el poder, que ELLOS les otorgaron para saquear a unos en beneficio de otros, se van a recordar de aquellos que les permitieron llegar a gobernar. ¡Qué ingenuos! ¿Cuándo van a entender el refrán que dice quien parte y reparte se queda con la mejor parte?

Entiendo los motivos por los cuales los politiqueros y los letrados que intentan sostenerlos filosóficamente rara vez reconozcan que mienten o que se equivocan: viven a costa de ese fraude, viven de la gente productiva que trabaja y que los mantienen en muchos casos como reyes. Pero, quienes se han tragado el cuento de que tienen derechos sin obligaciones, que pueden disponer de otros y de sus pertenencias, que los demás tienen la responsabilidad de satisfacer sus necesidades, que pueden existir sin ganarse la vida… ¿Cuándo van a despertar de la pesadilla y darse cuenta de la mediocridad de sus existencias? ¿Cuándo van a reconocer que es autoengañarse creer que los corruptos gobernantes en nombre del Estado van a velar por ellos? ¿Cuándo van a aceptar que el estatismo es cosa de locos?


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 24 de noviembre de 2014. La imagen la bajé de Internet.

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1.14.2013

Voto nulo redimido




Hoy cumplió Otto Pérez Molina un año como primer mandatario de la República de Guatemala. Un año en el cual la mayoría de quienes votaron por él se sienten decepcionados, desencantados, traicionados. Un año en el cual, en lugar de hacer propuestas para eliminar los obstáculos que hay para la creación de riqueza y de trabajos productivos, optó por apoyar propuestas populistas para satisfacer a los dirigentes de los grupos de presión que pululan en nuestra nación.

Aún peor, impulsó y pasó de urgencia nacional (comprando el voto de muchos diputados arrastrados) un nuevo paquetazo fiscal que castiga todavía más a quien intenta trabajar y crear. Un aumento de impuestos basado en premisas falsas. Un sistema impositivo injusto, que le quita a quien produce, para entregarlo principalmente a los gorrones, a los saqueadores, a los resentidos que se regodean de la aparente indefensión de los ciudadanos que obedecen sin chistar ante la amenaza de irse presos si no se prestan dócilmente a la expoliación de la cual son víctimas.

Y todo lo anterior es apenas una pequeña parte de los errores del gobierno del Partido Patriota que asumió el ejercicio del poder hace un año. Si me pongo a comentar todos los escándalos de corrupción que hemos conocido (¡cuántos más serán!) ni siquiera para listarlos me alcanzaría el diario entero. Corrupción consentida por el Presidente y su Vicepresidente, Roxana Baldetti. Y no se necesita ser muy ágil mentalmente para entender por qué se hacen de la vista gorda ante el descaro con el cual se roban el dinero de los tributarios.

Hoy es, a mi parecer, un día ideal para recordar y reivindicar mi decisión de votar nulo para Presidente y Vicepresidente, la cual compartí con mis lectores el lunes 5 de septiembre de 2011: “Mi voto para presidente… será nulo…. La mía es una decisión propia: un juicio independiente, producto de mi mente. El resultado de un proceso lógico cuyo objetivo es ser coherente conmigo y mis valores. Ser íntegra. Nunca votaría en contra de mis principios. Esa acción es, a mi parecer, la peor traición”.

“Yo actúo en pos de aquello que valoro. [En este caso, voto] Por aquellos con quienes comparto una escala similar de valores. Por quienes considero que coincidimos de alguna manera en un código moral… Votar es un verbo que nos muestra el sentido de la vida de quien lo ejerce… comparto muy poco, en algunos casos nada (ni valores ni código moral), con los candidatos actuales a presidente del Organismo Ejecutivo… Votaré por lo que me importa… Votaré por mí y por mis seres queridos. Votaré por un gobierno de leyes y no de reyes”.

Si queremos que mejoren las condiciones de vida en Guatemala, debemos cambiar el régimen de corte presidencialista, el sistema de Estado Benefactor/Mercantilista que impera, por un Estado de Derecho, donde el ejercicio del poder sea limitado a las funciones esenciales del gobierno dentro de la idea republicana a la que aspiramos los ciudadanos responsables, productivos y conscientes del país.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 14 de enero de 2013. La imagen se explica por sí sola, y ya la compartí con anterioridad.

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12.21.2009

Ruta 1


Viernes 18 de diciembre de 2009. 7:38 de la mañana. Primer Sudoku del día. “Aquí va un cuatro, nueve, uno…” Ring, ring, ring. “Ya voy. ¿Es usted Carmen? Buenos días, mire, por favor… ¿Qué le pasó?” Llanto. “¡Ay Licenciada! ¡Ay, Licenciada!”.

Jueves 17 de diciembre. 3:47 de la tarde. “¿Ya vendrá la camioneta? ¡Ay Padrecito! ¡Ahí viene, ahí viene la uno!” Sube. “Córrase pa’ atrás. Faltan diez len”. Suspiro. “Siéntese señora”. Sorpresa. “¿Un caballero? Padre nuestro que estás en el cielo. La cruz del Papa, ¡cuánto tiempo ya! Santificado sea tu nombre. Cuida a mi papá. Pobre mi mamá. ¿Estará ya más tranquila?” Una sombra pasa. Un hombre camina al frente del autobús. “¿Dónde me quedé? Santificado sea tu nombre, vénganos tu reino. ¿Me alcanzarán los ochocientos cincuenta?” Suspiro. “Ni pensar si no llevo las medicinas. Hágase tu voluntad”. Un grito agudo. Voz de mujer. Voz de hombre: “Seguí manejando cabrón o te mato”. Son cuatro hombres, relativamente bien vestidos. Tres morenos y uno blanco. Sus edades oscilan entre 25 y 35 años.

Martes 15 de diciembre. Casi medianoche. “¡Qué cansancio! Pero valió la pena. Noche llena, eso es lo que considero una verdadera nochebuena. ¡Cuántos platos salieron hoy! Mañana tengo que ir temprano al mercado”. Sirenas. “¿Un accidente? ¿Un asalto? ¿Delincuentes?” Se hace a un lado. Pasan dos motocicletas. Detrás dos pickups doble cabina. Radiopatrullas. “Pero si me hice a un lado, ¿qué hago aquí? ¿Qué pasa? ¿Qué es esto?” Cinco Patroles cuatro por cuatro, grises, polarizadas, de modelo reciente, rodean al Peugeot 205, hatchback, de hace algunos años, también polarizado. Desde los vehículos lo amenazan. Se acerca un pickup lleno de soldados armados. Le apuntan. Lo orillan. Casi lo sacan del bulevar. Una de la Patroles ostenta la placa número uno. Circulan en contravía de la Ruta 1. “Ya pasó”. Respira profundo. Sí, ya pasó el Presidente.

Jueves 17 de diciembre. 3:53 de la tarde. “Dame tu bolsa". Angustia. "No traigo". Hastío. "Dame tu dinero, necia”. Levanta el brazo, le golpea la cara. Le hiere el rostro con las uñas. Le toca los pechos. “¿Dónde tenés el dinero? No traigo nada. ¿Qué cargas en la mano? La receta de mi papá”. El hombre blanco, vestido con pantalón negro y camisa gris, toma la pequeña bolsa negra de plástico. Adentro van los ochocientos cincuenta quetzales. “Hija de la gran puta, ¿verdá que sí tenés pisto?” Le pega de nuevo y continúa su ruta dentro de la camioneta. 3:59 de la tarde, cerca del Campo Marte. “Pará, aquí nos bajamos”. 4:04 de la misma tarde. “Bájense, me siento mal, no puedo continuar”. Para en la 12 avenida, cerca de Formosa. Voz de un joven: “Vos sos cómplice, vas a regresar”. Abandonados. Convertidos en una isla desierta, rodeados de gente y muertos de miedo.

La Ruta 1 en vías opuestas. Camionetas con destinos diferentes. Con distintos pasajeros. Para unos la ruta de la desesperación, del dolor y la cólera. Para otros, la ruta segura a su casa. La ruta del abuso. Viernes 18 de diciembre. 10:42 de la mañana.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 21 de diciembre de 2009. La fotografía la tomé el domingo 17 de mayo de 2009 en la Plaza Italia, durante la primera manifestación masiva después del asesinato de Rodrigo Rosenberg.

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