Principios / Marta Yolanda Díaz-Durán A.

9.10.2018

Juicio sin ante



Todo aquel del cual haya sospecha de que cometió un delito o un crimen debe ser investigado. Si las sospechas son confirmadas y se recaban las evidencias suficientes para ir a juicio, debe ser juzgado. Y si en ese juicio, una vez cumplido con el debido proceso, no queda ninguna duda de que es el responsable de las violaciones de las cuales se le acusa, debe de pagar las consecuencias de sus acciones y compensar a sus víctimas. Sin importar quién sea el imputado. En especial, si el imputado es parte del gobierno. Aunque éste sea el mismo Presidente del Ejecutivo, el Presidente del Congreso, el Presidente de la Corte Suprema justicia o el Presidente de la Corte de Constitucionalidad. O quién sea. Nadie debe estar por encima de la ley.

Una vez hay indicios de que alguien cometió un crimen debe ser investigado. ¿Por qué van a tener una prerrogativa especial aquellos que están en el ejercicio del poder? Al contrario, precisamente por eso deben ser más fiscalizados. Por eso es primordial que se elimine, de una vez por todas, el privilegio del antejuicio. Ni los magistrados de la Corte de Constitucionalidad, ni los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, ni el Procurador de los Derechos Humanos, tienen ninguna aureola de santos para que no se les pueda investigar y acusar si el resultado de la investigación lo justifica. Si se sospecha que han cometido alguna arbitrariedad, deben de ser investigados como cualquier otra persona.

En el caso de los magistrados de la Corte de Constitucionalidad, es obvio que han violentado las normas en múltiples ocasiones. Uno de esos casos es el de la Mina San Rafael, por el que queda claro que es justo que se les inicie un proceso. En el caso del Procurador de los Derechos Humanos, habría que preguntarse por qué su defensa de los derechos humanos, es selectiva. No dudo de que le preocupa muchísimo la situación del señor Anders Kompass o de Iván Velásquez, pero no entiendo, solo por dar un ejemplo, por qué no ha movido un dedo por los miles de compatriotas nuestros que se han quedado sin trabajo a causa de la injusta suspensión de operaciones de la mencionada empresa minera.

Como lo señalé hace unas semanas, debemos continuar luchando porque se elimine este y todos los privilegios existentes, si es que queremos vivir en un Estado de Derecho en el cual todos seamos iguales ante la Ley. Este privilegio en particular, les permite hacer impunemente lo que se les antoje a quienes se les otorga, incluido beneficiar a quienes quieran o fregar a quienes lo deseen. En el caso de los gobernantes debe haber un mayor control, ya que se les ha delegado el monopolio del uso legal de la fuerza, el cual dentro del sistema político interventor y estatista que prevalece, usan para violentar los derechos individuales de los soberanos: los ciudadanos.

El privilegio del antejuicio provoca más desigualdad ante las normas y  promueve el sistema de incentivos perversos que atrae a los peores representantes de la sociedad al ejercicio del poder. E, irónicamente, se basa en una desconfianza del sistema de justicia al cual pretenden que nos sujetemos el resto. El privilegio del antejuicio no debe ser reformado: debe ser eliminado.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “El Siglo”, el lunes 10 de septiembre de 2018.


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7.10.2017

Un mundo justo



Es uno de los eslóganes más comunes. En su nombre los artistas hacen conciertos, los burócratas estatales (nacionales y supranacionales) organizan cumbres, los miembros de los grupos de presión exigen privilegios… En fin, ¿quién en su sano juicio no desea vivir en un “mundo justo”? El problema no se encuentra en el anhelo de que prevalezca la justicia. El problema se encuentra en la definición ambigua del término “justicia” y el poco entendimiento de la mayoría de lo que es justo. Es por eso que en nombre de ese “mundo justo” se terminan cometiendo tremendas injusticias.   

¿Cómo sería un “mundo justo”? ¿Por qué sería un “mundo justo”? ¿En qué nos basamos para decir que es un “mundo justo”? ¿Qué necesitamos para vivir en un “mundo justo”? Primero, reconocer que “justos” sólo podemos ser los seres humanos que decidimos cultivar el hábito de darle a cada quién lo que le corresponde. Y segundo, así como buscamos ser justos en nuestra vida diaria, debemos buscar esa justicia en la sociedad en la que vivimos, lo que significa que el sistema político que impere en nuestro país debe ser justo.

¿Cómo debe ser ese sistema justo que respete la máxima de darle a cada quien lo que le corresponde? ¿Debe ser un sistema que discrimine y beneficie a unos a costa de los otros? ¿O debe ser un sistema de leyes iguales para todos? ¿Un sistema que vele por igual para que se respeten los mismos derechos y las mismas obligaciones a todo miembro de la sociedad? ¿Debe ser un sistema que reconozca y respete el éxito a quien le corresponda y, por otro lado, castigue a los delincuentes y criminales, los cuales deben ser obligados a compensar a sus víctimas?

Lamentablemente, en el mundo actual, en diferentes grados, el sistema que predomina es el que discrimina. El sistema de incentivos perversos, injusto, que favorece a los que engañan, roban, destruyen… y castiga a los productivos, responsables, que se superan y respetan la vida, la libertad y la propiedad de los demás. Los trágicos sucesos recientes en el correccional “Las Gaviotas” y la decisión de los magistrados de la “Corte Intermedia de Injusticia” en el caso de la Minera San Rafael son una muestra más del fracaso de ese sistema que sólo beneficia en el corto plazo a gente acostumbrada a violentar los derechos de otros y vivir parasitariamente del trabajo del resto. Otra tragedia provocada por quienes promueven el Estado Benefactor/Mercantilista.

Dentro de ese contexto, es perder el tiempo preguntarse por qué tantos de nuestros compatriotas deciden emigrar y por qué son pocos, cada vez menos, los que se atreven a invertir en Guatemala. Más que medidas superficiales para promover “un mundo justo”, lo que necesitamos es que más personas se decidan a cuestionarse y, después de aclararse las ideas, cambiar de raíz lo que hay que cambiar y podemos cambiar por ser creación humana: el sistema político estatista e intervencionista.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 10 de julio de 2017

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7.03.2017

Corrupción, ¿fenómeno natural?



Según Iván Velásquez, quién recientemente fue confirmado como jefe de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), la corrupción es un “fenómeno natural” que sólo se acabará si hay una “reforma” al sistema de justicia. Al menos, eso dijo el martes 27 de junio pasado ante los representantes de los gobiernos que mantienen financieramente a la CICIG.

Un fenómeno que, según el Comisionado, además de cambios constitucionales, necesita del involucramiento de la gente para erradicarlo: “Es necesario un nuevo despertar ciudadano como el de 2015, más profundo y más consciente, para la consolidación del estado de Derecho indispensable para lograr prosperidad y certeza jurídica en el país”. Interesante. Parece que el Comisionado repite lo que varios llevamos todo el siglo veintiuno diciendo hasta el cansancio. ¿Será posible que, finalmente, alguien poderoso nos escuchó?

Ahora, hace falta saber si nos referimos a los mismos cambios y a la misma responsabilidad individual que implica ese despertar ciudadano.  Usamos términos similares, pero, ¿los usamos con el mismo sentido y la misma intención? ¿Qué entiende Velásquez por reforma? ¿Por estado de Derecho? ¿Por prosperidad? ¿A qué tipo de certeza se refiere? ¿Cómo concibe ese despertar más profundo? ¿De qué debemos estar más conscientes los ciudadanos? ¿De los conceptos? ¿De los hechos de la realidad? ¿Del conocimiento adquirido por nuestra especie a través del tiempo? En fin, él es el único que puede responder estas preguntas que le dirijo. 

Lo que yo puedo hacer es brevemente mencionar qué pienso que debemos hacer. Primero, quienes participen en ese despertar deberán pasar por un proceso OBJETIVO de aclararse las ideas y entender e integrar a su conocimiento qué es el estado de Derecho y cuál es su naturaleza. De lo contrario, serán un grupo de hombres masa emocionalmente manipulables, sin juicio propio, que terminaran convertidos en tontos útiles para avanzar agendas de gente malévola y de grupos de presión parasitarios en búsqueda de privilegios.

Segundo, si el problema es el abuso del poder, por la discrecionalidad y arbitrariedad de la que gozan los gobernantes y los funcionarios, ¿por qué proponen más de lo mismo? Eso no es cambiar las reglas para mejorar: es empeorar el problema. Entonces ¿cómo cambiarlas para que sea una verdadera reforma? Debemos cambiarlas en sentido contrario al del estatismo e intervencionismo que hoy prevalece. Debemos hacer una reforma de raíz que limite el ejercicio del poder a las funciones que son propias de la naturaleza del gobierno.

La intervención de unos que se aprovechan del poder que gozan ellos, sus familiares o amigos, no justifica la intervención de otros para también imponer sus intereses al resto de miembros del grupo. Más aún, si se trata de vivir dentro de una sociedad, ese abuso debe ser condenado. En resumen, si queremos prosperar y vivir en paz, la ruta que debemos caminar es la que nos lleve hacia la igualdad de todos ante la Ley.



Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 3 de julio de 2017.

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6.20.2016

El poder



El poder es el origen de la corrupción: entre más poder tengan los gobernantes, mayor será ésta. Por tanto, que debemos urgentemente limitar el ejercicio del poder político, es la más importante lección que al menos a mí me dejan las largas, monótonas y soporíferas audiencias que se llevan a cabo para determinar la situación de los acusados en los casos de corrupción denunciados por el MP/CICIG.
                                                              
“Que si Otto aceptó tanto… que si Roxana exigió cuánto… Que si Daniela movió tal cantidad…” En fin, podría dedicar todo este artículo y los siguientes a listar a los acusados y todo el dinero que lograron acumular mientras gobernaban o eran parte del gobierno. “Que si lo dijo fulanito… que si perencejo le reclamó… que si zutanito formó tal sociedad de cartón para lavar lo extorsionado, los sobornos, lo robado…”. Así fue, así es y así será el desarrollo de casi todos los procesos actuales y los que están por venir.

La extorsión es posible porque los gobernantes, los funcionarios gubernamentales y los burócratas estatales TIENEN el poder para hacerla. Los gobernantes, los funcionarios gubernamentales, los burócratas estatales son sobornables porque TIENEN el poder de conceder los privilegios y las prebendas que desean aquellos que tienen el dinero para comprar tales favores. ¿Por qué los gobernantes han adquirido tanto poder? ¿Un poder del cual gozan y abusan también los actuales gobernantes? Porque la mayoría sucumbió ante el engaño del Estado benefactor/Mercantilista. La ÚNICA forma de evitar la corrupción es no dándoles el poder a los gobernantes de otorgar concesiones a NADIE.

Ni los gobernantes ni ningún burócrata de cualquiera de los tres organismo del Estado, debe tener el poder para otorgar privilegios y prebendas a NADIE bajo ninguna excusa. No se justifica, bajo ningún punto de vista racional y objetivo, el que se violen los derechos de unos para beneficiar a otros. Es cuando se les otorga tal poder a los gobernantes con el pretexto de ayudar a los más frágiles, que se pervierte el sistema político y termina siendo una herramienta para cometer injusticias en lugar de prevenirlas o corregirlas.

Aspiremos a vivir en una sociedad donde prevalezca la igualdad de todos ante la ley y donde cada quien coseche lo que siembre. Que nadie goce de prerrogativas que lo sitúen al margen de la ley, la cual debe de regir por igual para todos. Una sociedad en la cual podamos sentir el orgullo de saber que lo que tenemos nos lo hemos ganado, sin importar cuánto sea: poco o mucho son términos relativos. Sentir el orgullo de saber que no le hemos robado nada a nadie de ninguna manera: ni por medios propios ni utilizando al abstracto Estado. Sentir el orgullo de saber que lo que poseemos es nuestro legítimamente: es el resultado de nuestro esfuerzo mental y físico por alcanzar nuestros objetivos libremente fijados. Saber que merecemos disfrutar del fruto de nuestro trabajo. Frutos que compartiremos o intercambiaremos con otros según nosotros lo deseemos. Una sociedad justa.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 20 de junio de 2016.

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8.25.2014

Mi mente es mía



Soy propietaria del producto del uso de mi mente y tengo todo el derecho a beneficiarme del éxito de usarla correctamente. Tengo el derecho de gozar del resultado del uso de mi mente. Los humanos nos diferenciamos del resto de seres vivos por la evolución de nuestra razón: la facultad que nos permite identificar la realidad e integrar el material provisto por los sentidos. Pero el uso de la razón, como todo en la vida, es volitivo: nosotros decidimos si la usamos o no.

Coincido con mi amigo Luis Figueroa en la importante observación que hizo en su artículo publicado el pasado viernes en “elPeriódico”, en lo que respecta a cuál es el tema principal a discutir en lo que trata a la “Ley para la protección de obtenciones vegetales”: debe o no el Estado asegurar que lo que es mío sea respetado por los otros. Y acepto la invitación que hace a dialogar sobre este asunto.

Lo único que justifica la existencia de un gobierno es que este vele porque no se  violenten los derechos individuales. Que no se violen la vida, la libertad y, por supuesto, la propiedad de nadie. Los derechos solo tienen sentido si decido vivir en sociedad. Si mi elección es vivir alejada del resto de miembros de mi especie, el reconocimiento de mis derechos no tiene sentido porque no habrá quién, más que yo, ponga en peligro mi vida, intente imponerme sus decisiones o robe lo que es mío.

Para vivir en paz, dentro de una sociedad, se necesita que algunos ejerzan condicionalmente (solo con el objetivo mencionado, limitado y temporalmente) el uso de la fuerza para evitar que los antisociales agredan a los demás; y en caso alguien viole el derecho de otro, asegurar que se haga justicia: que el malhechor compense a su víctima. El gobernante no debe de tener el poder de violentar a los ciudadanos, a menos que uno de estos haya violado a otro: solo puede usar la fuerza contra el delincuente y/o el criminal.

“Toda palabra tiene su significado exacto”, Francisco d’Anconia. Las palabras nos sirven primordialmente para pensar, por eso es VITAL que las usemos correctamente. Los anarcocapitalistas que consideran el reconocimiento de la propiedad intelectual un privilegio, utilizan incorrectamente este término. Un privilegio es una ley privada: solo aplica a unos. El reconocimiento de que el producto de mi mente es mi propiedad, no es aplicable sólo a mí: es un derecho IGUAL para todos. Yo decido si hago uso de este o no, así como decido si utilizo mi mente para crear algo nuevo o no.

De todas las propiedades de una persona, la más frágil es la intelectual. Es la más fácil de robar. Hay quienes ni siquiera se enteran de que les roban aquello que es producto de su mente. Por ejemplo, cuando el plagio no es descubierto, el ladrón impunemente cosecha el fruto de la mente de otro. Por eso necesita de protección, aún más que aquella propiedad que yo sola puedo defender hasta cierto punto: mi vida, mi hogar, mis seres queridos, mis bienes tangibles… De lo contrario, estamos destruyendo la base del progreso y de la paz: el respeto a lo ajeno.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 25 de agosto de 2014.

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6.30.2014

Revolución Liberal 20XX



Desde el inicio de la historia humana, muchos hombres y mujeres han luchado por la libertad. Incomprendida por algunos, manipulada por otros, vilipendiada por tantos. La libertad fue, es y será uno de los anhelos más excelsos de todo ser humano que se precia de serlo y busca ser su propio creador, sin sentimiento de culpa ajena y sin aceptar la intromisión arbitraria de otros en aquellas decisiones que tome en pos de alcanzar su máximo propósito: ser feliz.

Uno de esos hombres, a quien admiro profundamente a pesar de no haberlo conocido (murió el 24 de marzo de 1911) es Joaquín Díaz-Durán y Durán, quien con tan solo 25 años se unió a la revolución liderada por Miguel García Granados, la cual triunfó el 30 de junio de 1871, cuando junto con su improvisado ejército entró triunfante en la Ciudad de Guatemala, después de que levantaron la llamada Acta de Patzicía el 3 de junio del mismo año, acta en la cual aparece como uno de los firmantes mi tatarabuelo.

Así, Miguel García Granados se convirtió en presidente provisional, gobernando hasta el 4 de junio de 1873. Su gobierno puso en marcha la llamada Reforma Liberal de 1871 y decretó, entre otras cosas, la libertad de prensa, la libertad de cultos y la supresión de los diezmos. El principio de un sueño hecho realidad por quienes creyeron en esa oportunidad que sí se podía construir en Guatemala una sociedad ideal donde todos pudieran prosperar a partir de sus propios fines y esfuerzo personal. Una sociedad en la cual el gobernante desempeñara limitadamente su papel de mandatario y los mandantes ejercieran responsablemente su autoridad. Una sociedad donde todos fuéramos iguales ante la Ley y nadie tuviera el poder de privilegiar a unos encima de los otros.

Sin embargo, la esperanza de alcanzar plenamente el país imaginado fue truncada por las ambiciones de un arrimado. La confianza que suelen tener muchos liberales en los otros, creyendo que son como la mayoría de ellos, intelectualmente honestos, les hizo creer en Justo Rufino Barrios, quien con el tiempo se convirtió en el sepulturero de los sueños de los verdaderos justos que en su momento arriesgaron su vida y sus propiedades con el ánimo de cambiar el sistema que imperaba en nuestro pueblo por uno que reconociera la igualdad de todos ante la Ley y restringiera el poder casi ilimitado del cual, irónicamente, siguen gozando los actuales gobernantes.

Por eso en este siglo veintiuno en el que vivimos, muchos hemos despertado de la pesadilla en la que nos ha sumido el Estado Benefactor/Mercantilista que prevalece en casi la totalidad de naciones, y decidimos libremente retomar, de manera pacífica, la batalla iniciada por nuestros antepasados. Ciertas serán las palabras que puso Francisco Pérez de Antón en boca de García Granados: “Ésta es la revolución de la libertad… y ay de aquel que se atreva a abusar de ella”. Alcanzar la utopía es cada día más posible, porque cada día más se unen a la batalla de las ideas.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 30 de junio de 2014.

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7.08.2013

Falta el respeto



Al final de mi artículo de la semana pasada pregunté qué hace falta para que todos entiendan que debemos respetar la propiedad, la vida y las decisiones de los otros, una vez sus acciones no violenten nuestros derechos individuales. Porque si queremos que se respeten nuestras elecciones personales, debemos respetar las de los demás aunque sean opuestas a las nuestras. Aunque creamos que se equivocan, no podemos ¡ni debemos por nuestro propio bien en el largo plazo! obligar a vivir a los otros según nuestra propia escala de valores. Sólo podemos exigir que nos respeten, si nosotros aprendemos a respetar.

No hay que confundir lo moral con las creencias religiosas.  “Lo moral es lo escogido, no lo forzado; lo comprendido, no lo obedecido. Lo moral es lo racional…”, escribió Ayn Rand. Lo moral es tomar las decisiones correctas (actuar bien) para asegurar nuestra felicidad. Es saber diferenciar entre lo que es bueno y lo que es malo. No se necesita creer en un dios ni formar parte de una religión para reconocer que es incorrecto robar, extorsionar, defraudar, engañar, violar, secuestrar, torturar, asesinar… Más aún, es lamentable que a lo largo de la historia, casi todas las religiones hayan promovido muchos de los crímenes que recién listé.

Usted es libre de creer lo que quiera creer. Pero no tiene derecho a imponerle sus creencias a otros y menos utilizar el poder del Estado para alcanzar ese objetivo. Acepte que mañana la voluble, la caprichosa mayoría puede cambiar, y no le gustaría que otros le impusieran sus creencias. A nadie le agrada que otros le obliguen a vivir su vida según sus estándares y/o dispongan de sus bienes. Tarde o temprano, lo que se termina provocando es, en el menos peor de los escenarios, la hipocresía y las vidas basadas en mentiras. Y en otros casos, tristemente, ha llevado a muchos a optar por el suicidio.

La naturaleza humana es racional y volitiva. Violentar las decisiones de los otros, solo porque chocan con nuestras creencias (no violentan nuestra vida, libertad y propiedad) es antinatural. Es falsear la Ley de Identidad: aquello que nos hace ser humanos y nos diferencia del resto de los seres vivos. No es cuestión de agredirnos los unos a los otros. Es cuestión de respetarnos como seres independientes, con voluntad propia. Todos diferentes. Es entender que la única igualdad posible es ante la Ley, la cual descansa en el respeto a los derechos individuales de todos: la base de una sociedad justa.

Puede llegar a ser una magni sudoris opus (una obra muy trabajosa) para algunos, pero vale la pena intentarlo si queremos vivir en una sociedad donde sea posible alcanzar nuestro proyecto de vida, aun cuando no coincidan nuestras creencias. Para lograr la igualdad de todos ante la Ley, debemos eliminar los privilegios, tanto los que tienen que ver con el intercambio libre de bienes como con los aspectos comúnmente llamados sociales. Para progresar necesitamos paz. Y para que haya paz, necesitamos respeto.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 8 de julio de 2013.

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7.01.2013

Soy humana



Las bases de la sociedad son el respeto a los derechos individuales y la igualdad de todos ante la Ley

Así como usted, pertenezco a la especie humana. A menos que mis artículos hayan trascendido nuestro sistema solar y hayan llegado a otros mundos fuera de nuestra galaxia, usted y yo somos humanos. Pero diferentes, únicos e irrepetibles. Con una sola oportunidad para vivir nuestra vida. Con un propósito común: ser felices. Al reconocer nuestra individualidad, entendemos que alcanzar ese fin supremo dependerá de las elecciones que cada uno de nosotros haga. De gustos y escalas de valores propios.

La principal diferencia de nuestra especie con el resto de seres vivos es el grado evolutivo que ha alcanzado nuestra capacidad de pensar. Bien definió Aristóteles al hombre como el animal racional. Aunque usar nuestra razón sigue siendo una elección. No todos deciden usar su “facultad para identificar la realidad” la mayor parte del tiempo. Nuestra naturaleza es volitiva. Somos criaturas con voluntad propia.

No nos definen el color de nuestra tez, ni nuestro aparato reproductor, ni nuestra estatura. Tampoco nos definen el país donde nacimos, ni la familia en la cual crecimos, ni la educación que recibimos. Todo lo anterior nos puede influir, pero ninguna circunstancia en particular o el azar determinan quiénes somos. Eso sólo lo decidimos cada uno de nosotros a partir de los valores que libremente escogimos y cómo los priorizamos en nuestra escala personal.

Por eso hay humanos que optan por los vegetales y desprecian las carnes. Hay quienes disfrutan escuchando música clásica, otros van a preferir el jazz y muchos se van a decantar por la música popular que incluye una amplia variedad de géneros. Hay quienes creen en un dios, aunque no sea el mismo. Hay quienes les es indiferente si existe o no algún tipo de divinidad y hay otros que piensan que no existe. Creyentes, agnósticos y ateos.

A la hora de escoger pareja, esa elección dependerá de qué características valore en el otro aquel que elige. La mayoría opta por alguien del sexo opuesto. Hay quienes se deciden por alguien de su mismo sexo. Hay personas para las cuales es indiferente el sexo de su pareja: les interesan más otras cualidades al elegir. Heterosexuales, homosexuales y bisexuales. Hay quienes eligen no compartir su vida, románticamente hablando, con alguien más.

¿En qué afecta a unos las decisiones de otros que no violentan sus derechos? ¿Por qué el sistema político debe privilegiar a un grupo en detrimento de los derechos individuales de los demás? ¿A qué temen aquellos que se oponen a la igualdad de todos ante la Ley? Leí en objetivismo.org que “cuando la bota del gobierno está pisándote la cara, si es la bota derecha o la izquierda es irrelevante”. La bota conservadora de derecha que pretende decirte cómo vivir tu vida. O la bota socialista de izquierda que pretende decidir sobre tus bienes. Ambas botas son intervencionistas, aunque en diferentes áreas. Cuán acertado estuvo Benito Juárez al decir que “el respeto al derecho ajeno es la paz”. ¿Qué hace falta para que todos lo entiendan?


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 1 de julio de 2013.

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4.04.2011

La Supermoon de Ban Ki-moon


Por un momento pensé que era una broma en la cual se habían puesto de acuerdo los jefes de redacción de los diarios más leídos de Guatemala. Que ante las carcajadas que ha provocado uno de los precandidatos a la Presidencia de nuestro país con su promesa de que la selección nacional de fútbol va a llegar al mundial si los incautos votan por él, los propietarios de los medios de comunicación se habían visto en la necesidad de competir por las risas del público chapín.

Sin embargo, no fue así. Lo reportado en los periódicos era, mejor dicho es, cierto: los burócratas de la Organización de las Naciones Unidas, en el capítulo correspondiente al llamado Consejo de Seguridad, están a punto de otorgar un espacio a los gobernantes de una de las sociedades más peligrosas del mundo, quienes designaran al ungido representante que se sentará en el mullido sillón. Imagino que usted ya sabe a qué país me refiero: al nuestro.

Guatemala, donde lo que seguro crece día a día, además de la pobreza de los más pobres, es la incertidumbre provocada por el aumento de los delitos y los crímenes que cometen los antisociales con quienes convivimos. Por cierto, muchos de ellos se encuentran en el ejercicio del poder. La conocida connivencia entre el crimen legalizado y el informal. Los primeros nos extorsionan para que paguemos impuestos sin recibir nada a cambio. Los segundos, sin recurrir a eufemismos, simplemente nos roban.

En el reciente perigeo del Secretario General de la ONU con los guatemaltecos, hizo una declaración con la que coincido: “Nadie esta por encima de la Ley”. No obstante, casi al instante de la anterior afirmación, justificó que sus subordinados de la CICIG sean una excepción a esa regla porque “hay una preocupación de todos por la proliferación del narcotráfico y el crimen organizado”. Otra de las contradicciones que suelen proclamar a los cuatro vientos los miembros del ente mencionado. Sin duda, cuando Ki-moon dijo “Hay quienes no están acostumbrados a la justicia” se refería a ellos mismos. Sí, ellos, los burócratas con el derecho a la impunidad, más allá de los discursos gourmet de cinco tenedores.

Si Ki-moon quisiera acabar con los narcos, presionarían a Obama y compañía para que den marcha atrás en una guerra perdida que ha causado millones de muertes. Un problema que solo va a terminar cuando acabe la prohibición de producir, comercializar y consumir las drogas que arbitrariamente han decidido condenar los gobernantes gringos, sentenciándonos a los latinoamericanos en especial a vivir en una agonía permanente.

Como dijo Mario Vargas Llosa hace unos días: “Estamos cerrando un círculo y regresando a la barbarie por exceso de comprensión y tolerancia”. Yo agregaría que parece ser que estamos en una involución, sobre todo, por la tozudez de algunos, principalmente los poderosos, de falsear la realidad e imponer sistemas normativos ajenos a la naturaleza humana.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 4 de abril de 2011. La fotografía la tomé el sábado 19 de marzo de 2011, día de la “Súperluna”.

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12.16.2009

Todos iguales


Todos somos diferentes. Salta a la vista. Es obvio. La evidencia está al alcance de todos. Nuestro ADN es único e irrepetible… al menos hasta la fecha. Físicamente somos distintos. Somos diversos mental, espiritual y emocionalmente. Tenemos fines individuales: somos seres teleológicos. Nuestros retos son sólo de nosotros, y como sentenció José Ortega y Gasset en las Meditaciones del Quijote en el año 1914: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Sin embargo, sí hay una igualdad posible y necesaria para que todo ser humano pueda crear su obra más importante. La obra de su vida: él mismo.

Es por eso que la Asociación Civil ProReforma del Estado propone modificaciones a la Constitución Política de la República de Guatemala. Claramente plasma en sus primeras líneas ese anhelo al cambiar la redacción del artículo 157, contenido en la Sección Primera, que trata del Congreso de la República: “En ningún caso el Senado o la Cámara de Diputados emitirán Ley o decretos arbitrarios o discriminatorios, en los que explícita o implícitamente se concedan prerrogativas, privilegios o beneficios que no puedan disfrutar todas las personas que tengan la oportunidad de hacerlo”. La deseada igualdad de todos ante la Ley. La única igualdad posible. Los mismos derechos y obligaciones para todos. Ningún hombre es superior a otro. Nadie debe estar por encima de la Ley.

No existe ningún argumento racional para oponerse a lo que es justo. Quienes desean que continúe imperando en Guatemala un sistema que privilegia a unos pocos por encima del resto, sólo lo pueden hacer por dos motivos: o son parte del grupo de privilegiados que lucran a costillas de los demás, o por envidia y resentimiento. Sentimientos que pueden ser de orden material o intelectual. Egos vanos y frágiles.

Luego, con la siguiente modificación al artículo ya citado, se asegura el respeto a los derechos que la Constitución vigente reconoce a todos y, además, se limita el ejercicio del poder tanto de los diputados como de los senadores: “Ninguna norma o disposición emitida por el Senado o por la Cámara de Diputados puede violar, restringir o reducir las normas contenidas en el título II, capítulo I de la Constitución actual”. Touché: la evidencia pone en evidencia, a los mentirosos e hipócritas. A los que basan su oposición en argumentos falaces y ad hóminen.

Y así, apreciado lector, puedo copiar la propuesta de cambios a la Constitución, promovida por ProReforma, para desenmascarar a los interesados en confundir a la ciudadanía honesta, respetuosa y productiva que desea vivir en una sociedad en la cual todos, a partir de nuestros fines propios, podamos vivir la mejor vida posible. No es cuestión sólo de sobrevivir. Al fin, el objetivo de casi todos es ser feliz. Y como dijo Facundo Cabral en su reciente concierto en Guatemala: “El único deber debería ser el ser feliz, porque las personas infelices se la pasan jodiendo a los demás”.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 7 de diciembre de 2009. La fotografía la tomé el domingo 14 de junio de 2009, durante el "Tusanami Blanco" en la Plaza Italia.

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10.25.2009

Luna Rossa


Cierro mis ojos. Una tarea difícil, más cuándo mi objetivo es escribir. Pero los cierro. Paro. Los abro. Escribo. Los cierro. Pienso. Escribo lo que recuerdo. Quedo libre de escuchar: maximizo el más potente de mis sentidos, el que nunca descansa. Siento el teclado: el tacto vuela. Aspiro y siento como el olor a café recién molido llena mis pulmones. Me falta el gusto de beberlo. Lo bebo.

Me pongo los lentes. Abro los ojos otra vez. Veo, mientras predomina en mi mente el recuerdo y no lo que observo sin ver. Pienso en tantos absurdos aparentes, ¿o son sólo apariencias? que forjan el siglo veintiuno. Me cuestiono sobre cómo voy a decidir frente a las circunstancias que no escojo. ¿Soy Yo y mis circunstancias? Soy más, ¡mucho más! Las Moiras no me construyen. Las Parcas no me definen. Sólo Yo y cómo decido enfrentarlas. Ni Cloto, ni Láquesis, ni Átropos me determinan. Mañana lo escribo en tiempo presente.

“E'a luna rossa mme parla 'e te, io lle domando si aspiette a me, e mme risponne:” de rojo promete teñirse nuevamente mi tierra. Rojos los rostros de aquellos que sangran las ilusiones de los otros y prometen lo que nunca van a cumplir. Marte, el planeta rojo, el planeta regido por Ares quien, juran algunos, vela por los arianos. Ariana me dice el calendario que soy, pero Yo decido ser humana. Rojo el que predomina en mis venas como rojo es mi vino. Rojo el del fuego que arde en la fogata de las vanidades de pocos que cometen atrocidades en contra de la razón de muchos que se dejan engañar. Tan responsables los unos como los otros de la sangre roja que circula en las arterias de la nación que perdió su eterna primavera, enlutada por la muerte impune de tantos. Enviciada por las mentiras descaradas de los poderosos. Al último círculo del infierno de Dante pertenecen estos seres perniciosos.

“Es el pueblo el que se subyuga, el que se degüella, el que pudiendo elegir entre ser siervo o ser libre, abandona su independencia y se unce el yugo; el que consiente su mal o, más bien, lo busca con denuedo… ¿Qué debe estimar el hombre más que recuperar su derecho natural y, por así decir, de bestia volver a ser hombre?... ¿Qué desgracia ha sido esta que ha podido desnaturalizar tanto al hombre, el único verdaderamente nacido para vivir libremente, y hacerle perder el recuerdo de su primer ser y el deseo de recuperarlo?” Étienne de La Boétie (1530-1563), “Discurso de la servidumbre voluntaria”.

Corro mis párpados. Leo los diarios. Nada me es ajeno. Casi nada es mío. Ni el niño perdido en el globo y encontrado en un cajón, ni Asterix y Obelix en su cincuentenaria celebración me pertenecen. Más es mío el reclamo de igualdad, pero no de aquella falsa que pide privilegiar. Me refiero a la aplicación de las mismas leyes para todos los hijos y los entenados de la Tierra, cuyo satélite extraño durante el día y busco por las noches, en especial cuando refleja el rojo de mis revolucionarios ojos.

Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 19 de octubre de 2009. La fotografía de la Luna la tomé el 9 de enero de 2009. La modifiqué hoy, domingo 25 de octubre de 2009.

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1.05.2009

Razón y autoridad


Nota: este artículo fue publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 26 de mayo de 2008. La imagen representa el número Phi.


Hace algunas semanas, el alcalde capitalino, Álvaro Arzú, dio una equivocada y lamentable declaración: tratando de justificar los enfrentamientos entre sus pupilos de la Policía Municipal de Tránsito y los residentes de la capital, dijo que “la autoridad siempre tiene la razón”.


Por supuesto, se refería a la razón como sinonimo de estar en lo correcto. ¿Sobra decir que la anterior es una afirmación incorrecta? ¿Una falacia con la que Arzú mostró su desconocimiento sobre lo que significa la Razón? ¿Está de más advertir que tras sus comentarios, Arzú oculta una tremenda amenaza para la población? ¿No es la expresión del alcalde una muestra más de su vocación de dictador, donde su palabra es la ley y lo que digan los demás da igual?


La Razón es la facultad que nos permite identificar e integrar el material que nos proveen los sentidos. Integra nuestras percepciones por medio de abstracciones y conceptos: eleva el conocimiento perceptual al conceptual. Para llevar a cabo este proceso, nuestra Razón utiliza la lógica. La Razón nos permite comprender la realidad y conocer nuestro entorno: adquirir, corregir e incrementar nuestro conocimiento.


La Razón es un medio vital para pensar. Es una elección más que hacemos: cada uno de nosotros decide utilizarla o no. Es la acción necesaria para asegurar la vida humana y enriquecerla. Ser racional es actuar en armonía y concordancia con los hechos de la realidad, reconociéndonos como parte de esa realidad. Las emociones no son herramientas del conocimiento. Son sólo el resultado de nuestros juicios de valor.


Tanto el alcalde como la mayoría de políticos y burócratas con sus actuaciones, generalmente basadas en emociones no racionales, nos dejan ver lo poco que nos respetan. No sólo exponen su ignorancia, sino muestran el desprecio que sienten por los otros, en especial aquellos que se atreven a reclamar sus derechos y les recuerdan que la autoridad en los Estados modernos procede de todos: de la igualdad ante la ley de gobernantes y gobernados. La época de las monarquías absolutas y los súbditos que acatan órdenes sin cuestionar quedaron en el pasado. ¿O no? ¿Será que el Estado benefactor/mercantilista y toda la discrecionalidad que otorga a los individuos que lo administran termina acercándonos a un sistema casi imperialista?



En fin, si las respuestas a mis preguntas son afirmativas, sin duda, es urgente cambiar radicalmente el sistema socialdemócrata que tiene más de seis décadas de reinar en Guatemala. Si queremos la mejora en la calidad de vida de todos, es indispensable olvidar esta forma de gobierno basada en el intencionalismo moral y no en la realidad. Necesitamos un Estado de Derecho, a la fecha inexistente en nuestro país, que afirme la autoridad que emana del pueblo. Autoridad que sólo delegamos temporalmente en quienes la ejercen para proteger nuestros derechos individuales, y no violarlos, como tristemente sucede hoy.

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4.21.2008

Fumicidio


El gobierno de la socialdemocracia es una gran fumada. El sistema socialdemócrata es una fumada mayor. Y aparentemente los seguidores del mencionado pensamiento político se la pasan fumando alucinantes. Sino, ¿cómo explicar el regreso al pasado fracasado de los años 70 y 80 del siglo veinte? ¿Acaso atravesamos el túnel del tiempo sin darnos cuenta?

Sin siquiera haber asimilado la aprobación de la aberración jurídica conocida como “Ley contra el femicidio”, nos sale el presidente Álvaro Colom con las indefendibles propuestas de poner precios topes, gravar con otro tributo directo el servicio telefónico y aumentar los subsidios a ciertas actividades que consideren de primera necesidad. Pura arbitrariedad, nada más. Sólo justificable a los ojos del dañino populismo latinoamericano, encabezado por Hugo Chávez, y seguido de cerca por Daniel Ortega, Cristina Fernández, Rafael Correa y Evo Morales.

La esperpéntica ley que pretende favorecer a las mujeres crea otra discriminación legal en nuestra obtusa legislación de inspiración positivista: denuncia que no me canso de repetir, por ser ésta una de las principales raíces de nuestros males. Creer que la voluntad del legislador puede ser impuesta al resto, por más contradictoria que sea con la acción humana, es una locura propia de los políticos e intelectuales que arrogantemente creen que pueden dictarle a los demás cómo vivir su vida. Nos establecen metas y nos imponen las medidas que consideran idóneas para que nos sacrifiquemos con el objetivo de alcanzar los fines de ellos, no los nuestros. Nos desprecian como seres humanos pensantes, y nos reducen a simples siervos que siguen órdenes del iluminado de turno.

Por supuesto que me opongo fervientemente a todo acto criminal que violente la vida, la libertad y la propiedad de cualquiera (hombre o mujer, niño o anciano, guatemalteco o tibetano). Al fin, estos son los derechos individuales por excelencia, y no ese conjunto de necesidades que de forma interesada han sido políticamente elevadas a la categoría de derechos sin obligaciones para quienes supuestamente van a gozar de los beneficios de ese privilegio. Para lograr la reducción de abusos, lo que debemos hacer es buscar la igualdad ante la ley, independientemente de nuestras circunstancias particulares. Cambiar la desigualdad legal por el trato igual para todos. No decretar más diferencias.

En lo que respecta a las supuestas medidas para paliar la crisis económica, ¿qué más puedo decir, que no se haya dicho con anterioridad? Sin duda, el supuesto beneficio que puedan lograr algunos hoy, será pagado por todos en el mediano y largo plazo. Los actuales políticos en el ejercicio del poder, tanto en el Ejecutivo como en el Legislativo, están cometiendo un crimen injustificable: el derechocidio. Decisiones de unos cuántos que nos alejan del primer paso que nos lleva a la solución de nuestros problemas: el Estado de Derecho.

Articulo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 14 de abril de 2008.

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6.11.2007

Defensa obligada


“Bang, bang. ¡Corre Cafecito, corre!”, gritaron. Sin embargo, no lo hizo: permaneció junto al cadáver del criminal que atentó contra su vida y sus bienes, los de su familia y los de aquellos que viajaban en la camioneta que piloteaba el 4 de septiembre de 2006, en la ruta entre Villa Hermosa y Boca del Monte. Según Cafecito, “quien nada debe, nada teme”. ¿Qué problemas podría acarrearle hacer uso de su derecho legítimo a la defensa personal? Qué ingenuo: en sólo unas horas se encontraba en un juzgado diciendo: “Mi nombre es José Natividad Trejo. Estatus actual: preso”. Acusado de asesinar a quien puso en peligro su vida y la de muchos más.

"El secreto de la existencia humana no sólo está en vivir, sino también en saber para qué se vive." Escribió el célebre escritor ruso Fedor Dostoyevski. ¿Para qué vivimos, si no podemos proteger nuestra vida? Hoy me veo obligada a hablar en favor de nuestro derecho básico a defendernos, más aún cuando aquellos responsables de esa tarea, los gobernantes, la han olvidado, la han relegado a la última de sus prioridades. A la distribución del Presupuesto General de la abstracta Nación me remito como prueba definitiva.

El gobierno es una organización que agrupa a quienes hemos trasladado nuestro personal y legítimo derecho de defensa, confiriéndoles para ello autoridad y poder para ejercer el monopolio de la coerción. El Estado es el aparato de coacción que obliga a la gente a respetar las reglas de la vida en sociedad, y es justificado por la existencia de antisociales. En Guatemala tenemos Estado y gobierno de papel: en el discurso interesado de unos cuantos ignorantes de la realidad del resto. Individuos cuya primordial ambición es ejercer el poder.

Nunca he cruzado palabra con Trejo. No voy a idealizar a alguien que ni siquiera conozco. A quien sí conocí es a su compañera de hogar, madre de sus hijos y principal vocera de su causa. Una mujer joven, valerosa e inteligente, de estudios formales inconclusos pero poseedora de un sentido común despierto. Una ciudadana que reclama sus derechos y los de su pareja, enfrentándose casi sola a las mafias imperantes en nuestro mal llamado sistema de justicia.

“¡Ley pervertida! ¡Ley… desviada de su objetivo legítimo y dirigida a otro totalmente contrario!… ¡Ley hacedora de iniquidad, cuando su misión era castigar la iniquidad!… Ley es justicia. Y bajo la ley de justicia, bajo el régimen del derecho, bajo la influencia de la libertad, de la seguridad, de la estabilidad y de la responsabilidad cada persona logrará todo su valor, toda la dignidad de su ser, y la humanidad alcanzará, con orden y calma, lentamente, sin duda, pero con certeza, el progreso que es su destino”. Amén, Frédéric Bastiat.

Liberémonos de la criminalidad, las injusticias y el régimen de incentivos perversos. La reforma radical no puede esperar más. Depende de nosotros, los gobernados, y no de los políticos, que sólo pueden ser presionados.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 11 de junio de 2007.

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4.16.2007

Cantos de profetas


Las sirenas de los tiempos de Odiseo, ahora se disfrazan de profetas. Algunos se consideran apóstoles, iluminados, o hasta el mismo Dios reencarnado: hechizan con sus melodías a quienes esperan respuestas existenciales en la religión. Otros nadan en las aguas políticas, y engañan con sus promesas chapulinescas a quienes desean vivir bajo la tutela de alguien. En pos del padre, celestial o terrenal, da igual. ¿Cuándo vamos a dejar de buscar salvadores? ¿Cuándo vamos a tomar el control de nuestras vidas?

Cuántas lecciones aprendemos del alboroto causado por el viaje frustrado a nuestro país de José Luis de Jesús Miranda, líder religioso del grupo llamado “Creciendo en Gracia”; condimentado por la campaña política que se intensifica día a día, acompañado por medidas de hecho tomadas por algunos maestros estatales y ciudadanos que demandan cualquier cosa a los actuales administradores del Estado Benefactor.

Vale la pena recordar que los seguidores de los mesías (en minúsculas y en plural), religiosos o políticos, esperan que alguien más asuma por ellos la responsabilidad individual de decidir y las consecuencias que esto conlleva. La única, pero vital diferencia, es que en el caso del tema espiritual, todavía, las creencias de unos no pueden ser forzadas a los otros, mientras que en la cuestión política, las fantasías de pocos sí son impuestas a los demás. Aunque, para confirmar si aún se respeta la libertad de conciencia en Guatemala, habría que analizar las implicaciones de la aberración de Punto Resolutivo que emitieron los diputados en el caso de Miranda, y las violaciones a los derechos individuales en que incurre.

“La Biblia”, junto con la “La Ilíada y la Odisea” fueron de las primeras obras, en su presentación para niños (con ilustraciones similares a las de los comics), que me regalaron mis papás; las cuales leí en varias ocasiones. Por supuesto, en cuanto pude, me interné en los escritos en su versión original, en especial aquel que cuenta las peripecias que retardan el regreso de Odiseo (Ulises en su traducción latina) a Ítaca, después de participar en la guerra de los aqueos contra los troyanos.

Hoy, con tantos elegidos que pululan en la tierra y nublan la razón de las personas en dos de las más sensibles áreas de nuestra vida, la espiritual y la política, me parece atingente recordar uno de los obstáculos que Odiseo debe vencer para alcanzar su objetivo: resistir los cantos de las Sirenas. “Encontrarás… a las sirenas que encantan a los hombres que se les aproximan… está perdido aquel que, imprudentemente, escuche sus cantos... le hechizan… reclinadas en una pradera al lado de un enorme montón de osamentas de hombres y de pieles de putrefacción”.

Si hacemos el esfuerzo de pensar y aclararnos las ideas, aceptando el principio de que, si queremos que nos respeten, debemos respetar a los otros, podremos vivir en paz. Yo estoy dispuesta a hacerlo, ¿y usted?


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 16 de abril de 2007.

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