Principios / Marta Yolanda Díaz-Durán A.

12.18.2017

La calma de las fiestas



¡La calma de las fiestas de fin de año se parece tanto a la calma chicha! En especial en países como el nuestro, donde la constante es la creciente incertidumbre, la inseguridad y la violación a nuestros derechos individuales. Esa especie de paz que nos embarga a casi todos, aún a los más amargados, ante la expectativa del fin del año que implica un fin de ciclo y el consiguiente inicio de un período en el cual creemos que sí vamos a alcanzar las metas que no logramos en el año que termina.

La calma chicha es el estado de la atmósfera cuando no hay viento, y por tanto del mar cuando no hay olas, porque precisamente no hay viento que las levante. Para los marineros, en particular cuando las naves eran impulsadas por velas, la calma chicha les generaba sentimientos encontrados. Más que paz, les podía provocar cierto temor, porque los barcos se quedaban varados y a la merced de cualquier peligro, incluido el ataque de los enemigos. No se diga la idea que tenían de que la calma precede a la tormenta. Así como también después de la tormenta, viene la calma. Ciclos de la vida que avanza en línea recta.

Esta temporada de calma nos permite creer que lo malo quedó atrás y por delante viene lo bueno, el mundo que deseamos, y que a la aparentemente esquiva felicidad la atraparemos el año que viene. Aunque para algunos no es que se detenga el viento, simplemente cambia su curso, y quedan atrapados en medio de otras actividades que les roban la tranquilidad: la compra de regalos, los convivios, las carreras de último momento con la falaz esperanza de hacer todo aquello que no hicieron en el transcurso del año que se va.

Es un hecho que la mayoría se las arregla por estas fechas para estar alegres, pero me pregunto qué tan sostenible es esa alegría en el largo plazo, una vez terminan las fiestas de fin de año. Quisiera decir que son todos felices, sin embargo, no sé a ciencia cierta si todas aquellas personas que me topo en la calle, que me sonríen, que desean lo mejor del mundo para mí y para mis seres queridos, en la realidad han alcanzado “el estado exitoso de la vida… el estado de consciencia que proviene del logro de los propios valores”, (“El discurso de John Galt”, La rebelión de Atlas, Ayn Rand).

¿Qué se nos va? ¿Se nos va la vida? ¿Se nos van los días? ¿Se van a veces casi sin que nos demos cuenta? ¡Cuántas cosas hacemos mientras las horas pasan casi sin haberlas percibido plenamente! ¿Se van con las horas nuestros valores más preciados? ¿Fallamos en la tarea de conservarlos, por vivir en lo urgente olvidando lo importante? Quisiera que estas fueran preguntas comunes, una reflexión seria y constante, para todos aquellos que quiero, porque deseo que sean felices, no de palabra, sino de hecho.

Hay quienes solemos hacerlas seguido. Que decidimos, conscientemente, enfocarnos en el presente y evaluarnos justamente, con el objetivo de corregir nuestro rumbo cuando sea necesario y dirigirnos al destino que nosotros hemos elegido. Que es lo que quisiera para todos: que sean lo  que ustedes elijan ser. Que sean verdaderamente felices.



Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 18 de diciembre de 2017.

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12.12.2016

La ilusión de verdad



¿Por qué creemos lo que creemos? ¿Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad, como repetía Joseph Goebbels? Esa ilusión que momentáneamente alivia a las almas afligidas, ¿les es beneficiosa en el largo plazo? O, por el contrario, ¿es el origen de las angustias crónicas de la mayoría? ¿Cuál ha sido el costo de creer sin confirmar que la creencia sea cierta? ¿Es  sostenible la felicidad que manifiestan aquellos que falsean la realidad con tal de no enfrentar sus contradicciones? ¿O es sólo una felicidad a medias? ¿Se conforman con esa ilusión antes de encarar sus miedos?

Las anteriores son algunas de las preguntas que me surgieron al leer un artículo escrito por Tom Stafford en “BBC Future”, en el cual pretende llegar al origen de ese mal hábito de tantos de engañarse a sí mismos. Según el autor, “Nuestras mentes están atrapadas por la ilusión del efecto de verdad, porque nuestro instinto es usar atajos al juzgar el grado de verosimilitud de algo”. Fuera de que considero la palabra instinto un término ambiguo que sirve al invocarlo para dar la apariencia de conocer el origen desconocido de reacciones de los seres vivos, me parece interesante la relación que hace Stafford con el impulso humano de alcanzar el máximo beneficio con el menor esfuerzo, propio de nuestra naturaleza.

Los seres humanos, racionales y volitivos, nos hacemos preguntas sobre la realidad en la que vivimos y de la cual somos parte. Nos preguntamos sobre nuestro papel y nuestros objetivos en el mundo en el cuál interactuamos con otros y, en especial, nos hacemos preguntas sobre nuestra propia existencia. Nos hacemos preguntas y nos exigimos respuestas. Lamentablemente, no todos nos exigimos que esas respuestas sean verdaderas, o sea, que coincidan con los hechos de la realidad como juicios que son.

La mayoría se conforma con las respuestas que les implican el menor esfuerzo mental. Respuestas que suelen darles otros que, como ellos, sólo les interesa una respuesta que les dé una aparente paz, sin importar que esa respuesta sea verdadera: repito, que coincida con los hechos de la realidad. Les es irrelevante que esta sea sólo una ilusión. Una comodidad que se paga en el largo plazo, cuando no alcanzan sus fines ni el propósito moral más alto de toda persona: ser feliz. Una comodidad que los termina amargando y resintiendo, en particular contra aquellos que sí logran alcanzar y conservar sus valores.

Stafford sugiere que, además de comprobar por qué creemos en lo que creemos, nos preguntemos si algo suena plausible porque realmente es cierto o porque nos lo han repetido en múltiples ocasiones desde que somos pequeños, para que así podamos “rastrear el origen de cualquier afirmación, en lugar de tener que tomarla como un acto de fe”. Tiene razón el columnista cuando dice que vivimos en un mundo donde los hechos importan y deben importarnos a todos. Y si repetimos cosas sin molestarnos en comprobar si son ciertas, estamos ayudando a construir un mundo donde la mentira y la verdad son más fáciles de confundir.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 12 de diciembre de 2016.

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7.18.2016

Sacrificar a Juan



O a María, o a Pedro, o a Isabel. Da igual el nombre de la persona cuando la gente cree que se puede sacrificar a unos para beneficiar a otros. Puede ser cualquiera. Hoy usted acepta que unos sean sacrificados, y tal vez mañana el sacrificado sea usted mismo. Es irrelevante de quién se trata cuando se ve a algunos individuos como medios para satisfacer las necesidades de los demás y, además, semejante inmoralidad es vista como algo deseable. Quiénes serán sacrificados y quiénes serán los beneficiados con tal acto es arbitrariamente decidido por aquellos que ejercen el poder, apoyados por líderes de presión que de alguna manera consideran que también los beneficia.

Lo más triste de esta realidad, es que la mayoría de las veces los que son sacrificados aceptan semejante injusticia porque creen que así debe de ser y aceptan una culpa inmerecida por los juicios falsos que somos obligados a aceptar como verdades irrefutables desde que empezamos a tener uso de razón. Juicios falsos que terminan siendo el origen de nuestras contradicciones que nos impiden alcanzar plenamente nuestros valores y conservarlos. Son estas creencias desarraigadas de los hechos de la realidad, basadas en prejuicios ancestrales y místicos, las que alejan a muchos de alcanzar el más noble propósito de todo ser humano: ser feliz.

Desde que somos pequeños, nuestros padres con la mejor de las intenciones en la mayoría de los casos, repiten con nosotros el error que sus padres cometieron con ellos: obligarnos a actuar en contra de nuestra naturaleza y en contra de nosotros mismos. Lo hacen cuando nos obligan a entregar a otros lo que nos pertenece y nos hemos ganado, con la excusa de que el otro también lo necesita, aunque no le pertenezca ni se lo haya ganado. A unos se les enseña a sacrificarse y a otros se les enseña a exigir lo que es de los demás haciéndoles creer que tienen derechos sobre los bienes de otros. Es este el origen del sistema de incentivos perversos dentro del cual vivimos y que la mayoría acepta casi sin cuestionar por miedo al qué dirán.

¿Debo de hacer algo para cambiar la situación? ¿Por qué debo hacerlo? ¿Qué puedo hacer para cambiar el estado actual de las cosas? ¿Qué puedo hacer para vivir dentro de una sociedad donde prevalezcan la paz y el respeto mutuo? ¿Una sociedad en la cual haya menos obstáculos para vivir la mejor vida que me sea posible? ¿Vale la pena pelear por el futuro, preocuparnos por lo que va a pasar mañana?

El mundo sólo está determinado por las elecciones libres de quienes lo habitamos. De nosotros depende, para bien o para mal, lo que vaya a suceder. ¿Una nueva ilustración que impulse a nuestra especie a seguir prosperando? ¿O una nueva edad media que nos retroceda a un estado de siervos? De cada uno de nosotros depende cuál de los dos escenarios se va a dar en el largo plazo. Dependerá de si prevalece la visión de que toda persona es un fin en sí mismo, o la visión de que unos son sólo medios para satisfacer los deseos de otros.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 18 de julio de 2016.

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1.05.2015

2015



¿Qué espero de este año que recién empezó? Mucha actividad y emoción en todas las áreas de mi vida, tanto en mi esfera privada como en la pública. En ambas espero que mis aciertos sean mayores que mis errores, y que los logros pueda compartirlos con mis pares y aquellos que, como yo, aspiran a vivir en una Guatemala en paz. Quienes deseamos vivir en una sociedad donde nos respetemos los unos a los otros, en la que cada vez sean menos los que pretendan parasitar de los demás y en la que encontremos menos obstáculos en la búsqueda de nuestra felicidad.

Por supuesto, es fácil describir esa sociedad ideal, pero sé que alcanzarla es una tarea titánica. Pero, ¿quién dijo miedo? Como bien dice el refrán: “Al toro hay que agarrarlo por los cuernos”. Y es así como debemos enfrentar este período que comenzó hace pocos días. No sólo en los retos políticos que vamos a enfrentar, sino en todos los aspectos de nuestra existencia, no me canso de decirlo, única e irrepetible. Recuerde que si USTED no vive su vida, nadie más lo hará en su nombre. No se deje manipular por lo que digan los demás, por más bien intencionados que sean. Decida quién quiere ser y constrúyase a sí mismo. Asuma su responsabilidad más importante: ser la mejor versión suya. No pretenda ser quién no es. Acepte las consecuencias de sus acciones y que usted es el resultado de SUS decisiones.

Ahora, en el ámbito público, debemos prepararnos para un nuevo período de elecciones políticas. A pesar de que probablemente ya vivió otros años en los cuales se eligen (al menos en teoría) a los responsables de velar porque las violaciones a la vida, la libertad y la propiedad de todos se reduzcan al mínimo posible; y de que quienes violenten los derechos individuales de otros compensen a sus víctimas (los encargados de la seguridad y la aplicación de la justicia), considero objetivamente que este 2015 será diferente.

Primero, por el aumento de la influencia de los ciudadanos por medio de las redes sociales virtuales: el uso de estos medios va a ser clave en lo que respecta a las próximas votaciones generales. Segundo, porque el deterioro de la economía de la mayoría junto con el aumento de la delincuencia y la criminalidad puede llegar a un punto crítico. Tercero, porque el hastío extendido a casi toda la población en lo que respecta a la corrupción imparable y creciente de los gobernantes y su hambre desmedido por apropiarse de lo que es nuestro por medio de más impuestos, estados de excepción, fideicomisos… puede ser un detonante que permita que en esta ocasión más se preocupen por el cambio del sistema estatista/colectivista/intervencionista por uno donde el poder sea limitado únicamente al necesario para que quienes salgan favorecidos en las elecciones cumplan con sus funciones primordiales.

¿Van a cambiar radicalmente nuestras condiciones de vida este año? No lo sé. Sólo sé que tendremos una nueva oportunidad que debemos aprovechar. Dependerá de cada uno de nosotros y de lo que decidamos hacer.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 5 de enero de 2015.

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12.29.2014

Herencia de 2014



¿Qué me dejó este año que está a un punto de terminar? ¿Fue un año extraordinario como lo visualicé al finalizar 2013? ¿Qué gané? ¿Qué perdí? ¿Qué aprendí? Estas y muchas preguntas más suelo hacerme a finales del mes de diciembre. Pienso que es un examen que varios hacemos bajo la influencia de la idea de que acaba un ciclo y estamos a pocos días de empezar uno nuevo. Todo principio genera esperanza, pero para que nuestros sueños de hoy se hagan realidad mañana, primero debemos analizar objetivamente el período que cerramos, los errores que cometimos, los aciertos que tuvimos y responder a la pregunta evadida por muchos, ¿alcancé mi más alto propósito moral? ¿Fui feliz?

Sin enfrentar la última pregunta será muy difícil lograr o conservar el año que viene la felicidad alcanzada, el fin primordial de todo ser humano. Un fin que se renueva, que cambia cada vez que logramos un valor. Un estado que, para mantenerlo, demanda de nuestro enfoque en las cosas que nos son importantes. Mantenernos firmes en nuestro proceso de integración: en el reto de resolver satisfactoriamente nuestras contradicciones para poder llegar cada vez más lejos en nuestras aspiraciones. Aprender a diferenciar cuándo decir sí y cuándo decir no: a distinguir entre aquello que depende de nosotros y lo que depende de otros y de hechos que no se supeditan a nuestra voluntad.

Para facilitar mi proceso, lo divido en cuatro ámbitos: el laboral, el intelectual, el físico y el de las relaciones personales. Durante esta etapa en casi todas las áreas, a excepción de mi salud que no me dio ningún problema sino todo lo contrario, me tocó enfrentar retos desafiantes. A pesar del desaliento que en algún momento pude experimentar, mi deseo de salir adelante prevaleció y hoy, con mucha satisfacción, puedo decir ¡gané! Gané nuevas experiencias, nuevo conocimiento, nuevas amistades. Renové mis principios filosóficos con la seguridad de que la evidencia que los respalda es irrefutable, y que la elección de basar mi vida en la realidad y dejar la ficción y las creencias mitológicas para la imaginación (el ámbito al cual pertenecen), ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mi existencia. Es precisamente gracias a esa elección consciente que en los últimos años mi calidad de vida, en todos los sentidos, ha mejorado exponencialmente.

La única pérdida irreparable que me deja 2014 es la muerte de mi abuelita, mí bien amada Mamita. Aunque sé que siempre vivirá junto a mis otros abuelos en mi memoria, lo que representa un aliciente más para conservarme en la mejor de las condiciones para no olvidarlos. Adquirir el hábito del ejercicio diario me permitió disfrutar más de la vida y todo aquello que contribuye a mi felicidad. Compartir con mis seres queridos me llenó de alegría. La Maestría en Filosofía que estudio enriqueció mi mente. Sumando a lo anterior los éxitos en mi trabajo académico, el periodístico y el empresarial me permiten confirmar que 2014 fue un año excepcional, como lo será 2015.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 29 de diciembre de 2014.

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12.22.2014

Los virtuosos del amor

"La virtud involucrada en ayudar a aquellos que se ama no es el desinterés propio o el sacrificio, sino la integridad", Ayn Rand.

Todo en esta vida se debe de ganar, en especial lo más preciado por nuestra especie: el amor. ¿Cómo es posible que haya quienes creen que deben ser amados sin haberlo merecido? Son los parásitos del amor. Tanto el amor, como la amistad, el respeto, la admiración… son nuestra respuesta emocional a las virtudes de alguien más. Son sentimientos que representan el pago espiritual dado a cambio de nuestro placer personal y egoísta cuyo origen es el carácter único e irrepetible de otra persona.

Es el sentido de la vida de cada uno el que determina nuestras acciones: la apreciación subconsciente, la integración emocional que hacemos de nosotros mismos, de nuestro lugar en el mundo y nuestra relación con la realidad y los demás. Lamentablemente, son pocos quienes meditan sobre los motivos que le hacen amar a determinada persona y no a otra. Para la mayoría es más fácil recurrir a la falaz y equivoca idea hecha célebre por Blaise Pascal de que el corazón tiene razones que la razón no entiende, que dedicarle el tiempo que se debe a la elección más importante que hacemos en nuestra vida: la elección de con quién vivirla. Y no me refiero solo a la pareja romántica, también aplica este proceso a nuestros amigos y a aquellos con quienes hemos elegido libremente compartir nuestro valor más precioso.

Quien no te valora, no te merece. Quiérete y no andes regalando tu tiempo y tu amor a quien te desprecia. Cuánto te valoran se muestra con actos, no sólo con palabras, los cuales deben ser consistentes y concordar. Al apoyar a los seres que amamos, personas de gran importancia para nosotros, no lo hacemos por sacrificio. Esa es una gran mentira que muchos repiten afectando subconscientemente su propia estima. Ayudamos a quienes amamos precisamente por que los amamos: representan un valor en nuestras vidas, y velar por ellos es una muestra de nuestra integridad y de que actuamos de manera coherente con nuestra escala de valores. En consecuencia, el que otros ELIJAN (sobra decir libremente) amarnos a nosotros, es resultado de quién hemos decidido ser y un premio GANADO por nuestras virtudes.

Amar es una condición que no tiene discusión, al menos para el ser humano que quiere vivir como tal. Amar es valorar. Depende de nosotros y de nuestras elecciones. Constantemente valorar y buscar ser valorado es su historia, mi historia, la historia de todos. Atesoro mis valores como lo que son: fuente vital de mi felicidad. Mis valores más estimados son personas de carne y hueso, fabulosas y auténticas, honestas… que se han ganado mi amor por nuestras coincidencias y sentidos de vida similares. Se han ganado mi respeto y admiración por sus virtudes. Seres humanos extraordinarios que merecen lo que tienen y aún más que, estoy segura, van a lograr. Mi gente, con la que comparto una visión existencial benevolente y cuyo propósito moral más elevado es el mismo mío: ser feliz. A ustedes, que saben quiénes son, los amo. Gracias por compartir su vida conmigo.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 22 de diciembre de 2014.

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12.08.2014

Tú, yo, él: origen de los derechos

El propósito de la moral es enseñar, NO a sufrir y morir, sino a disfrutar de nosotros y vivir".
Ayn Rand.

Un derecho es un concepto moral aplicable solo en un contexto social: pertenece estrictamente a las relaciones entre humanos. Es una aplicación social de la moralidad. Los derechos son condiciones de existencia requeridas por la naturaleza del hombre para su propia supervivencia (man qua man). Cómo debemos sobrevivir y vivir, es una pregunta metafísica que depende de nuestra naturaleza y la de la realidad.

Solo hay una forma correcta para sobrevivir en sociedad: por medio de los derechos. Qué debemos hacer y qué no debemos hacer en relación con otras personas se deriva del mismo estándar y de las mismas definiciones que los principios éticos. Cuando tratamos con otros, las condiciones requeridas para nuestra supervivencia apropiada constituyen nuestros derechos. ¿Qué requiere la naturaleza del hombre para sobrevivir apropiadamente? Que use su razón: que haga de la percepción de la realidad su primera preocupación y el uso de su razón la virtud básica para actuar en base a su propio juicio racional: según lo que su mente le dice que es lo correcto.

Por naturaleza, debemos sostener nuestra vida por esfuerzo propio: debemos trabajar para sobrevivir. Dependemos de nuestras acciones. Para poder sobrevivir en un ámbito social, tenemos el derecho a la vida y a mantenerla, por lo cual debemos ser libres de actuar en base a juicio propio: el derecho a la libertad. Para decidir las metas a perseguir, debemos ser libres de elegir nuestros valores y alcanzarlos si podemos: el derecho a buscar nuestra felicidad.

Como el ser humano es una entidad integrada por consciencia y materia, necesita de bienes concretos para poder sobrevivir. Tenemos que sostener nuestra vida con el producto de nuestro esfuerzo: el derecho a adquirir propiedades. El derecho a la propiedad: el derecho de trabajar en pos de nuestros valores y conservar el resultado de nuestra labor. Tener el derecho a la vida significa tener el derecho a producir los bienes requeridos para sobrevivir e intercambiar con otros. Lo cual no significa que alguien más debe producir esos bienes para uno, solo porque uno los necesita.

Los derechos pertenecen concretamente a los individuos y se derivan de su propia naturaleza. Una vida basada en el estándar de la fuerza bruta de la supervivencia momentánea, normalmente termina pronto. Sobrevivir se debe medir en el largo plazo. Si un hombre no se provee a sí mismo lo necesario para sobrevivir, la naturaleza no se va a hacer cargo de él. La ley moral aplicable, universal y racional, es que cada quien es responsable de su supervivencia y que no debe convertirse en una especie de hipoteca sobre la vida de otra persona. Tener el derecho a la vida no significa que alguien más debe perder sus derechos y gastar su existencia manteniendo a otros por imposición de la sociedad.

Cómo bien lo resumió Ayn Rand: “El principio de los derechos del individuo es la única base moral de todos los grupos o asociaciones”. ¿Queremos vivir bien? Respetémonos los unos a los otros.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 8 de diciembre de 2014.

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6.09.2014

Gigante amanecer



Hoy quiero celebrar un acontecimiento que fortalece mi esperanza de que en este siglo experimentemos un tiempo en el cual prevalezca la razón correctamente entendida y la verdad reconocida como la realidad misma: un período similar al vivido por los ilustrados del siglo dieciocho en el que se gestaron las ideas que permitieron la mejora exponencial en la calidad de vida de nuestra especie a partir del siglo diecinueve. Un tiempo en el cual se sembró el germen del progreso que siguió dando frutos en el siglo veinte a pesar de la irracionalidad y la barbarie que también se sufrió en los últimos cien años. Un despertar de la grandeza de toda persona que se respeta y respeta la vida, la libertad y la propiedad de los demás. El ser humano que elige ser racional, que acepta que la única opción para alcanzar y conservar sus valores es cooperar e intercambiar en paz con los otros.

El despertar de quienes nos reconocemos como parte de una misma raza, la humana, con una esencia común, la cual nos ha permitido conseguir lo que no ha logrado ninguna otra especie: crear una civilización. Individuos que nos orgullecemos de ser únicos e irrepetibles, y sabemos que nuestras diferencias las podemos convertir en elementos enriquecedores que nos permitan avanzar. Quienes disfrutamos de una vida en armonía, identificando a nuestros pares con quienes elegimos compartir nuestra existencia. Hombres y mujeres que, independientemente del país en que nacimos, la etnia a la que pertenecemos, la lengua que hablamos, el color de nuestra tez… entendemos que el deseo más íntimo de toda persona de ser feliz es nuestro común denominador.

Y para júbilo de muchos, ¡muchos más! que aquellos que lo resienten, ese Amanecer llegó a Guatemala, simbolizado por la hermosa escultura del maestro Walter Peter Brenner, develada en Ciudad Cayalá el pasado 31 de mayo de 2014. El Gigante que emerge en el Paseo es uno de los monumentos más grandes del mundo en el género de mármol tallado. Una obra que será admirada en todo el planeta. Una colosal producción contemporánea que nos recuerda que en cada uno de nosotros, más allá de nuestras diferencias, se encuentra la semilla de la grandeza. Es tarea individual cuidar esa semilla, tratarla con respeto al elegir nuestros valores y regarla practicando las virtudes que nos permitan cosechar sus frutos.

“Una alegoría a la búsqueda de la felicidad”, así describe Walter a su más reciente creación. ¿Y qué es la felicidad? “La felicidad es un estado de alegría no contradictoria, una alegría sin pena ni culpa, una alegría que no choca con ninguno de tus valores y que no te lleva a tu propia destrucción…”, explica John Galt en “La Rebelión de Atlas”. Y más adelante nos pide que: “En nombre de lo mejor que hay en ti, no sacrifiques este mundo a los peores… no permitas que tu visión del hombre sea distorsionada por lo feo, lo cobarde, lo inconsciente en aquellos que nunca han conseguido el título de humanos”. Seamos humanos. Seamos felices. 


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 9 de junio de 2014. La fotografía la tomé el sábado 31 de mayo de 2014 en la develación de “Amanecer, El Gigante de Cayalá”.

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12.30.2013

Embriáguense



No dudo de que más de uno se escandalice con la sugerencia que da nombre a este escrito. Sin embargo, antes de que alguien crea que renuncié a la práctica aristotélica de la justa medida, quiero poner en contexto porque comparto, hasta cierto punto, lo expresado por Charles Baudelaire en el pequeño poema en prosa que lleva el mismo título de este artículo, el cual reproduzco a continuación:

“Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: ésta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso. / Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense. / Y si a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad huraña de su cuarto, la ebriedad ya atenuada o desaparecida ustedes se despiertan pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán: ¡Es hora de embriagarse! Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo, ¡embriáguense, embriáguense sin cesar! De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca”.

El anterior es, a mi parecer, un hermoso y bien logrado verso sin rima, una composición que, por cierto, me inspiró a escribir esta columna: la perfecta excusa para huir del esplín que por estas épocas aflige a muchos, a pesar de la algarabía de la cual forman parte. No tengo nada en contra de la melancolía. Más aún, hay ciertos momentos en los cuales la considero necesaria. Lo que sí desprecio es el tedio de la vida: me parece un desperdicio del preciado tiempo limitado con el que contamos. Por supuesto, quien así decida pasar su breve ser, es libre de hacerlo: respetemos su derecho a vivir desecho.

¿Es la exhortación de Baudelaire un llamado al exceso o un clamor por vivir plenamente? Depende de cómo lo interprete el lector. Para algunos será otra excusa más que justifica su decisión de evadir la realidad, ajenos a la responsabilidad que implica vivir. Para otros, como en mi caso, es un recordatorio de que se ES en tiempo presente. Y que ese efímero instante que soy, si quiero ser feliz, debo vivirlo de manera autentica, integra, intensa. Profunda. Una convicción personal que depende de nuestras respuestas a las siguientes interrogantes: ¿A quién queremos agradar? ¿Con quién deseamos quedar bien? ¿Con nosotros mismos o con los demás?

Yo, tal y como lo he expresado tantas veces, me decanto por la vida virtuosa, la senda correcta de la felicidad verdadera. Camino que depende de mí y mi escala de valores. Una vida que se enriquece si la acompaño de exquisito vino, de comida variada, de buena literatura, de filosofía objetiva y amigos que sean mis pares. Es quererme y amar a quienes se han ganado mi querer. Embriagarme de ser.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 30 de diciembre de 2013. En la fotografía me encuentro dentro de las bodegas de un viñedo en Francia.

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12.23.2013

Temporada de evasión



Por estas fechas suelo toparme en los diarios con exhortaciones de bienintencionados columnistas invitando a sus lectores a meditar respecto a los temas serios del ser. A pensar acerca de los factores que son claves para que progresemos, por ejemplo, la necesidad de convivir en paz. Casi todos los días de diciembre, en reuniones de cualquier índole, escucho a un sinnúmero de personas aconsejar a los demás a reflexionar sobre la vida. Se supone que es una época en la cual podemos aprovechar el tiempo para hacer una evaluación objetiva de nuestras acciones, en particular de lo que hicimos y logramos el año que recién termina. Y, por supuesto, planificar cómo queremos vivir mañana. Decidir quién queremos ser el resto de nuestra vida… o al menos durante los siguientes doce meses. Asuntos que siempre debemos considerar, estoy de acuerdo.

Sin embargo, lo que veo hacer a la mayoría es evadir la parte de la realidad que nos cuesta comprender, a veces aceptar. Aún muchos de los que invitan a cavilar sobre la trascendencia y el sentido de nuestra existencia, se dedican a divertirse, más que a filosofar. Algo que no considero pecaminoso ni una mala práctica. También necesitamos relajarnos, distraernos, entretenernos en cuestiones que no impliquen perdernos en emociones que pueden causar un daño permanente a nuestro estado de ánimo. Como bien dijo el multifacético fundador del Movimiento Scout Mundial, Robert Baden-Powell: "Quien no siente la necesidad de sonreír no goza de buena salud". Y eso solemos desear constantemente por esta época, en todos los idiomas, cada vez que alzamos nuestras copas: salud, santé, lejaim

No obstante, como explicó Aristóteles en “Ética a Nicómaco”, la felicidad verdadera solo la encontramos en una vida virtuosa la cual demanda la práctica de la justa medida: no privarnos de aquello que nos da placer, pero siempre buscando el equilibrio correcto para nosotros mismos y teniendo presente las consecuencias que nuestras decisiones tienen en el largo plazo. Una vez pasa la algarabía de compartir con seres queridos, y de que hicimos nuestra evaluación personal del período que finaliza, también es recomendable dedicar un tiempo a viajar a nuestro interior. ¿Cambié en algo? ¿Fue para bien o para mal? ¿Qué aprendí? ¿Con qué contradicciones me topé? ¿Fui valiente al reconocer mis errores y enmendarlos? ¿Por qué? ¿Cuidé mis valores y logré alcanzar otros? ¿Qué virtudes abracé y practiqué? ¿Para qué? ¿De cuáles vicios me despedí? ¿Fui feliz?

Mi visión de la vida no es como la de tantos: monocromática. Ni es color de rosa, ni es color de hormiga. Tampoco es negra la cosa: ausente de color. La patina de la vida es inmensa, está compuesta de infinidad de tonalidades. Y es esta esta variabilidad infinita y absoluta a la vez la que nos hace únicos e irrepetibles. La anterior, considero, es la conclusión más importante a la que llego: el secreto de una vida verdaderamente vivida. Descubrimiento que quisiera otros hicieran. Vivan: sean felices.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 23 de diciembre de 2013. La imagen fue tomada en Chicago, EE. UU., por mi hermano Constantino Díaz-Durán A.

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3.25.2013

Felicidad

"La felicidad depende de nosotros mismos" Aristóteles.



La felicidad no se alcanza porque a los burócratas de la ONU se les haya ocurrido honrarla en un día específico. Tampoco se puede medir la felicidad de un colectivo y mucho menos esperar que el Estado se haga cargo del más importante propósito de todo ser humano. La felicidad es un estado individual, y solo cada uno de nosotros sabe si somos felices y solo cada uno de nosotros es responsable de alcanzarla.

Muchos son los autores que han meditado sobre la felicidad. Probablemente se convirtió en un tema relevante poco después de la revolución neolítica, cuando el hombre descubrió medios más sencillos para sobrevivir, dejando atrás la época en la cual fue nómada y depredador, para convertirse en sedentario y productor. Por supuesto, pasarán miles de años para que quede constancia escrita de la más inquietante preocupación humana, después de la urgencia por asegurar la supervivencia.

De los pensadores que he leído que han escrito sobre el tema, quien más me ha impactado es Aristóteles. En el libro “Ética a Nicómaco”, desde los primeros capítulos, deja claro que el bien supremo del hombre es la felicidad. También reconoce que “la felicidad no es un efecto del azar… es el resultado de nuestro esfuerzo”. Aristóteles reconoce que los bienes que poseemos son “útiles accesorios para la felicidad”, motivo por el cual muchos confunden la riqueza con el tan ansiado propósito de toda persona: ser feliz.

Sin embargo, nuestra felicidad no depende solo de aquello que poseemos. Parte indiscutible para que nuestra propiedad contribuya a nuestra felicidad es la forma en la cual la hemos adquirido. Si ésta es fruto de nuestro esfuerzo, una consecuencia de nuestras virtudes, además de satisfacer nuestras necesidades, nuestras posesiones nos hacen sentirnos productivos y por ende orgullosos de quienes somos. Bien lo expresa Aristóteles: “No es en la fortuna donde se encuentra la felicidad o la desgracia… sino que son los actos de virtud los únicos que deciden soberanamente de la felicidad, como son los actos contrarios los que deciden el estado contrario”.

Por supuesto que para una reflexión profunda sobre las virtudes que nos permiten vivir felices, les recomiendo leer la obra mencionada del más importante, a mi parecer, filósofo de todos los tiempos: Aristóteles. Y durante estos días de descanso, sería la compañía ideal para recapacitar sobre el tema e iniciar un proceso de introspección que nos permita resolver las contradicciones que nos impiden lograr nuestro máximo propósito.

Termino con dos verdades que nadie que se considere intelectualmente honesto puede negar. La primera de éstas es una enseñanza de Lao Tse: “El único hombre del que soy dueño es de mí mismo”. Y la segunda, es una frase del autor de “El Principito”, Antoine de Saint-Exupéry: “Si quieres comprender la palabra felicidad, tienes que entenderla como recompensa y no como fin”. Feliz viaje a su interior.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 25 de marzo de 2013.

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11.24.2012

Finales felices




Todos deseamos un final feliz, incluidos los escépticos y los pesimistas. Es parte de nuestra naturaleza. La persona sin propósitos, más que vivir como humano, ve pasar la vida sin mayor expectativa, como un simple observador que desperdicia su valor más importante: su propia vida.

Aunque, el final de los finales no será feliz. Solo será. Será, inevitablemente, lo queramos o no. Está fuera de nuestro alcance cambiar ese final. Lo más que podemos hacer es alargar su llegada. Pero que llegará, es indiscutible. Casi ni cuenta nos daremos cuando llegue: ya no seremos presente. Por eso, los finales antes del gran final son los importantes. Los que hacen la diferencia entre una existencia rica y una vida pobre.

En un artículo reciente de Carlos Fuentes, conocido escritor mexicano, me topé con lo siguiente: “La memoria es el género que se atreve a decir su propio nombre. La biografía nos dice: ‘Eres lo que fuiste’. La novela nos dice: ‘Eres lo que imaginas’. La confesión nos dice: ‘Eres lo que hiciste’. Pero la biografía, la confesión o la novela requieren de la memoria, pues la memoria, dice Shakespeare, es el guardián de la mente. Un guardián, diría yo, que se radica en el presente para mirar con una cara al pasado y con la otra al porvenir”. Deseo que mis memorias sean una colección de finales felices. Eso confieso.

Sé que no es tarea fácil lograr esos finales felices. Más aún, los finales en aquellas circunstancias relacionadas con nuestros más caros anhelos que, en todo sentido, son caros: por quererlos intensamente y por lo costoso que es alcanzarlos. No es cuestión de sentarnos a esperarlos. Es iluso quien cree que las cosas llegarán a él mientras espera sin hacer nada más que soñar.

Los finales felices, al menos la mayoría, suelen ser efímeros. Es cuestión de un momento para que, de nuevo, experimentamos una sensación de insatisfacción que nos impulsa a fijarnos nuevos objetivos en pos de ese instante inefable en el cual alcanzamos aquello por lo cual hemos trabajado, aquello que hemos ansiado poseer: tener en nuestro haber. Parte de nuestra biografía única, que nunca será repetida.

Por supuesto, hay finales que no son felices. Los finales vienen en varios sabores: pueden ser dulces, amargos, salados… O, porque no, agridulces. A veces, alcanzar algo que hemos valorado puede que no nos proporcione la emoción que esperábamos. O, en otras ocasiones, a pesar del tiempo y esfuerzo que hayamos invertido en alcanzar nuestro objetivo, no logremos hacer nuestro el final feliz. Simplemente, en alguna parte del camino nos confundimos y no llegamos al destino que nos habíamos fijado. Es parte de la experiencia única de vivir. Es parte de nuestro proceso de aprendizaje.

En  “De La Brevedad Engañosa De La Vida”, escribe Luis de Góngora y Argote: “que presurosa corre, que secreta / a su fin nuestra edad. A quien lo duda, / fiera que sea de razón desnuda, / cada sol repetido es un cometa”. Sí, para algunos. Para quienes buscan, usando su razón, hacer realidad sus sueños pareciera que la vida vuela, que la travesía tiene muchas escalas que pueden ser finales felices. De mí, de usted, de él, de ella… depende.

Hoy, decido finalizar este viaje por escrito sobre finales felices, con un pensamiento que me parece oportuno. Cito al sabio estoico, Lucio Anneo Séneca, en su epístola “La brevedad de la vida” en la que dice: “El tiempo que tenemos no es corto; pero perdiendo mucho de él, hacemos que lo sea, y la vida es suficientemente larga para ejecutar en ella cosas grandes, si la empleáremos bien”. Los finales felices, repito, dependen de nosotros mismos y de los objetivos que nos proponemos alcanzar: las metas que hemos escogido, libres de toda imposición de otros. Los fines que nos permiten hacer realidad el fin último: ser felices. De por vida, brindo por la vida.


Este artículo fue publicado en la Revista "NuChef" en su edición No. 35 correspondiente al bimestre de abril y mayo de 2012. La imagen corresponde al final de la película "Modern Times" de Charles Chaplin.

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11.18.2012

¡Salú!




Y, si le sumamos a la salud el dinero necesario para satisfacer nuestras necesidades y alcanzar nuestros objetivos que, sin duda, incluyen todo aquello que anhelamos para ser felices; y si además hemos encontrado el amor, ese alguien único con quien compartir nuestra vida y que refleja nuestros valores más altos, habremos completado el conjunto de deseos comunes a la mayoría de seres humanos. Y me atrevería a apostar que ningún individuo se libra en la realidad de tales deseos. Aún aquel que se expresa despectivamente en contra de lo anterior, en lo más recóndito de su ser ansía la trilogía humana de la felicidad. En mi opinión, tal postura displicente es sólo una máscara que sirve para ocultar su miedo a fracasar en el intento de alcanzar la trinidad listada.

Por otro lado, hay muchos que, lamentablemente, en lugar de considerarse protagonistas de su vida, asumen un papel de víctimas cuyo guión asigna otros seres, reales o imaginarios, la culpa de sus fracasos. No tienen salud porque no se las da gratis el ficticio Estado. No tienen dinero porque los han explotado, aunque sea muy poco lo que hayan trabajado y producido en su vida. Y creen que el gobierno ha fallado en su deber de entregarles una parte de lo que otros han creado. Nadie los quiere porque nadie los entiende: es tal su grandeza que están fuera de toda probabilidad de ser comprendidos por cualquier simple mortal, por eso desprecian a los demás. Se engañan creyendo que alguien les envidia la amargura con la cual llenan su existencia. Si supieran que en el mejor de los casos provocan lástima, y en la mayoría de las veces, indiferencia. Al fin, cada quien cosecha lo que siembra.

Yo, vivo la vida con alegría. Pero no una alegría ingenua, que falsea la realidad, que es propia de aquellos cándidos volterianos que sólo atraen para sí mismos desgracias y luego, irracionalmente, las celebran y racionalizan. Mi alegría está fincada en el reconocimiento de lo que es y la búsqueda dentro de la realidad de los medios que me permitan alcanzar mis propósitos. Sí, la mía es una vida con propósitos que espero llevar a cabo en esta Tierra y en esta, mi única existencia. Pienso al igual que uno de mis héroes literarios, Francisco D’Anconia, que el ser humano más depravado es aquel que no tiene propósitos. Que desperdicia su bien más preciado: su propia vida. Si no vivimos, nada importa. Para valorar y actuar necesitamos vivir. Quien no se valora en la justa medida, quien no se cuida termina más pronto, y con menos logros, ese camino irrepetible que es más importante que su destino. El camino de la vida, que nos lleva a todos a la muerte.

Por supuesto que es más fácil decirlo que cumplirlo. Sobre todo en el principio, cuando empezamos a cuestionar los paradigmas a partir de los cuales actuamos, ya que hemos sido educados para creer que primero van los demás y después nosotros. ¡Cuántos no temen decir que se quieren y quieren ser felices! ¡Cuántos sienten vergüenza sólo de pensarlo y nunca se van a atrever a expresarlo! ¡Cuántos desperdician su valor más importante: su propia vida! Cuántos ignoran que para poder valorar, actuar, amar… y ser felices, primero necesitan estar vivos.

Hoy que escribo estas líneas me tuve que bañar con agua fría. Mi calentador se arruinó ayer. Pude calentar agua en la estufa para bañarme, pero decidí retarme y opté por sentir correr por mi cuerpo el líquido frío. Fue una experiencia memorable. Experiencia que espero no tener que repetir pronto. Pero la aprecié porque, primero, superé el reto; y segundo, terminé sintiéndome revitalizada, con más energía y más lúcida que otros días. Pensé que para millones escuchar que tienen derecho a buscar su felicidad en el presente, en esta vida, será como ese baño de agua fría que los despierta de la pesadilla en que han vivido. ¿Se anima al helado despertar? Salú.

Artículo publicado en la Edición 34 de la revista "NuChef", del bimestre febrero-marzo 2012.

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8.27.2012

I




Yo soy yo para mí misma, pero hoy no hablaré de mi circunstancia. Tampoco escribiré sobre cómo nos salvo, a mí y mi circunstancia, a cada instante que decido vivir. Hoy, me atreveré a invitarlo a usted a reflexionar sobre “YO”, ya que para mí usted es usted, pero para usted, usted es yo. Y lo anterior no es un trabalenguas. Aquel que me quiera entender, facilitará su propio camino de salvación y aumentará exponencialmente las posibilidades de alcanzar SU felicidad.

Son dos cosas las que principalmente me motivaron a escribir sobre la palabra prohibida para tantos: YO. Lo primero fue escuchar a Erick Barrondo, el personaje más celebre del momento en Guatemala, repetir muchas veces que su futuro depende de lo que diga el profe, Rigoberto Medina. Lo segundo fue ¿la tercera o la cuarta? vez que leo la más breve de las novelas de Ayn Rand: “Anthem”. Un poema para la escritora Rose Wilder Lane, y una fantasía dramática para Cecil B. De Mille. Un himno para el individuo que se valora a sí mismo.

El porvenir de Erick Barrondo lo decide solo él, al igual que todo ser humano. Ya el profe Medina declaró en los medios que: “Ahora que en mi currículum tengo una medalla olímpica me voy a poner más caro”. Y está en todo su derecho, como lo está cualquier persona, de decidir por aquello que sea lo mejor para él. Felicito a Medina por tener la valentía de decir la verdad en medio de todas las declaraciones políticamente correctas (del diente al labio), que se han hecho por el éxito de su discípulo.

Reconocernos como “YO”, además de ir en contra del hipócrita discurso socialmente reiterado del nosotros, implica asumir la responsabilidad de nuestras acciones y aceptar que somos, para bien o para mal, el resultado de nuestras decisiones. Lamentablemente a lo que más teme la mayoría es precisamente a ser responsable. Como escribió en “Conceptos y Categorías” Isaiah Berlin: “…la elección encierra responsabilidad, y algunos seres humanos las más de las veces… desean sacudirse esta carga. Existe la tendencia a buscar excusas y pretextos… a atribuir demasiado a la acción inevitable de las leyes naturales o sociales”. O lo que es peor, responsabilizar de nuestras vidas y las consecuencias de nuestras acciones a otras personas.

“Yo soy. Yo pienso. Yo quiero… Éste, mi cuerpo y espíritu, este es el final de mi búsqueda… No necesito justificación para existir, ni ninguna palabra de permiso para hacerlo. Yo soy la justificación y el permiso. Es mi voluntad la que elige y la elección de mi voluntad es el único mandato que debo respetar… No daré mi amor sin motivo a cualquier oportunista que lo reclame. Honro a los hombres con mi amor. Pero el honor es algo que debe ser ganado”. Rand con la voz de Prometeo, protagonista de “Anthem”.

El profe Medina se ha ganado el amor y el agradecimiento de Erick, pero solo Erick puede decidir qué hacer con su vida, así como el resto de nosotros lo hacemos reafirmando nuestro YO.


El presente artículo fue publicado el lunes 27 de agosto de 2012 en el diario guatemalteco Siglo Veintiuno. La imagen la bajé de la Internet.

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6.18.2012

Ser consciente




Vive despierto. Sé consciente, que es la manera correcta de ser humano. Tal y como nos recordó Fredy Kofman el pasado jueves en una reunión con catedráticos en la Universidad Francisco Marroquín, la acción humana, como la definió Ludwig von Mises, es acción con propósito. Con un propósito común a todos: ser felices. A diferencia del resto de especies, el hombre elige sus fines, es parte de nuestra naturaleza, no lo podemos evitar. Aún dejar que otros elijan por nosotros, es una elección porque lo permitimos y lo acatamos. La charla de Kofman me provocó muchas reflexiones, de las cuales hoy comparto algunas con ustedes.

Solo los individuos pueden ser conscientes, no los colectivos. Los grandes avances de la humanidad serán siempre el producto de la mente y laboriosidad de personas concretas,  las que logran trascender la mediocridad en la cual muchos eligen vivir. Las personas que comparten valores suelen encontrarse y luego alinearse alrededor de estos. Elegimos compartir con aquellos que coincidimos. Así, se caracterizan los grupos de gente. Suele ser cierto el refrán que dice: “dime con quién andas y te diré quién eres”.

El ser humano necesita elegir sus objetivos y sus valores. Es parte del ser consciente. Por medio de las elecciones que hace una persona podemos conocer cuál es su sentido de la vida. Las acciones sostenidas en el largo plazo, los hábitos de una persona (sus virtudes y, tristemente, también sus vicios) nos muestran quién es. Nosotros mismos nos descubrimos frente a los otros al elegir y actuar.

En el mundo, son pocos los verdaderos ermitaños, los misántropos. El hombre, salvo contadas excepciones, necesita colaborar, cooperar y compartir con otros para alcanzar sus metas, para ser feliz. Pero lo anterior debe darse dentro de un marco de respeto a la vida, la libertad y la propiedad de los demás. Por supuesto, sobra decir que toda persona es libre de elegir con quiénes va a compartir su vida, y qué de su vida va a compartir con cada uno de aquellos a quienes eligió.

Nadie debe ser obligado a dar lo que es suyo a otros. Tampoco debe ser obligado a compartir con aquél que no eligió libremente. Nadie debe ser obligado a mantener a su enemigo. Nadie debe ser obligado a trabajar para aquel que le desea y actúa para causarle mal: para destruirlo. Tenemos el derecho de defendernos de la agresión. No debemos obedecer las reglas que pretenden esclavizarnos. Debemos rebelarnos.

El peor daño que provoca el Estado Benefactor/Mercantilista es el moral. La idea del gobernante actuando como padre de los adultos, distribuyendo lo que es de unos entre los otros a su gusto y antojo, presumiendo del supuesto bien que hace con lo que no es suyo, destruye el tejido ético de la sociedad. Ante este panorama, muchos optan por sentarse a esperar los restos de lo expoliado y con esas migajas sobrevivir, pero nunca vivir la mejor vida posible. Esa que solo se alcanza siendo consciente.

El presente artículo fue publicado el lunes 18 de junio de 2012 en el diario guatemalteco Siglo Veintiuno. La imagen la bajé de www.larebeliondeatlas.org

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8.15.2011

De las Torres y del árbol




De los anteriores, una vez han caído, no se hace leña. Ni de Gloria, ni de Sandra, ni del roble hueco que cayó en el bosque. El último dejó de existir. Y las primeras tal vez acabaron con sus carreras políticas. Lo que no quiere decir que no van a intentar regresar al ejercicio del poder. Como otros, las hermanas Torres quedaron embriagadas de sus mieles y en el proceso perdieron de vista su destino y equivocaron el camino.

En lo personal, no uso a la hora de argumentar el adjetivo sin sustento, el insulto llano que no es otras cosa que una falacia ad hóminen, porque creo que no contribuye en nada a un objetivo que quisiera fuera compartido con muchos, con la mayoría, con todos.

Ese objetivo es el de lograr, haciendo el esfuerzo mental por aclararnos las ideas, separar las premisas falsas de nuestros juicios, de las premisas verdaderas, para poder tomar mejores decisiones y lograr el anhelo común de todos: SER FELICES. Noten el énfasis que pongo en el hecho de que el fin de toda persona es un verbo, no un sustantivo, parafraseando a Ricardo Arjona.

Por supuesto que de nadie más que de nosotros mismos depende alcanzarlo. Sin embargo, nos ayuda mucho el hecho de que vivamos dentro de un sistema de incentivos correctos, dentro de un Estado de Derecho y en el marco de una República real y no una de papel, tal es el caso de Guatemala. Una sociedad donde se respeta la vida, la libertad y la propiedad de todos. Donde aquellos antisociales que violenten cualquiera de los derechos listados, paguen las consecuencias de sus acciones y compensen a las víctimas de sus fechorías. Al fin, lo anterior es hacer justicia.

Por cierto, hoy quiero hacer justicia con esos miles de ciudadanos, los documentados (nacidos en el país) y los de facto aunque no sean reconocidos como ciudadanos (me refiero a los extranjeros que han elegido a Guatemala como su hogar), que se expresaron responsable y libremente en las semanas pasadas haciendo un valeroso llamado a los magistrados de la Corte de Constitucionalidad, para que dictaminaran en base a argumentos jurídicos y no intereses políticos, en lo que respecta a la solicitud de Sandra Torres de ser inscrita en esta contienda como candidata presidencial.

Lamento que los magistrados no hayan tenido la gallardía de condenar el intento de fraude de Ley. Probablemente se debió, como han especulado algunos, a las implicaciones penales que ese reconocimiento tendría. En fin, nunca sabremos a ciencia cierta por qué lo hicieron. Los motivos quedarán en el olvido de los memoriosos magistrados mencionados. No obstante, la resolución constitucional fue en muchos aspectos positiva. Comenzando por el hecho de que haya sido unánime.

Ahora, es importante que nos concentremos en las próximas semanas en lo trascendental: las elecciones del 11 de septiembre. La elección de los siguientes diputados al Congreso de, espero pronto, la República de Guatemala.

Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 15 de agosto de 2011. La imagen la bajé del blog "En el país de Alicia María".

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6.09.2011

En búsqueda de la felicidad

... detrás o enfrente de ella.


A veces, como resultado de una experiencia personal que me invita a pensar y cuestionarme, suelo tomar un libro de las estanterías de mi estudio y lo abro al azar con la esperanza de encontrar alguna pista que me ayude a dilucidar el entuerto que da vueltas en mi cabeza. Por supuesto, no todo el procedimiento es irracional. Busco una obra que vaya de acorde al tema que me absorbe. De vez en cuando me satisface lo encontrado y en la mayoría de los casos tengo que hacer varias búsquedas. No siempre encuentro lo que busco, sin embargo, no por eso dejo de buscar.

Hoy, tomé el libro de reflexiones de Epicuro titulado “Sobre la felicidad”. Al abrirlo, de inmediato me topé en el Prólogo escrito por Emilio Lledó con una oración que me recordó una idea que he leído en varias ocasiones en el trabajo de la filosofa Ayn Rand, razonamiento explicado en detalle en el capítulo uno de “La virtud del egoísmo”. La oración de Lledó es la siguiente: “El placer y el dolor son los dos hilos que atraviesan nuestra carne y nos avisan continuamente de lo que nos conviene”.


¡Qué cierta es la anterior afirmación! Expresada por muchos. Comprobada por nosotros mismos.


La fotografía la tomé el 1 de noviembre de 2007 en Santiago Sacatepéquez.

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4.18.2011

Paréntesis


Yo celebro la vida. Ese paréntesis entre mi nacimiento y mi muerte. Celebro mi vida todos los días de todas las semanas del año. Poco me preocupa la inevitable muerte que no es otra cosa que el final de mi existencia. ¿Para qué perder esta última elucubrando sobre su término en lugar de vivir ese breve espacio entre uno y otro evento vital? ¿Ese espacio que hace la diferencia entre las personas que dejan un legado y las que pasan sin dejar huella?

Mejor me ocupo de vivir y disfrutar plenamente, en las buenas y en las malas, en sus variadas facetas y estadios. No me refugio en mitos que alejan a tantos de la felicidad terrena, con promesas similares a las que suelen hacer los políticos en campaña, ofreciendo un futuro mejor si hoy el votante se sacrifica por llevarlos a ellos al poder. Lo único que hay que hacer es obedecer. ¿Y mi derecho más preciado después de la vida, mi libertad, dónde queda? ¿Para qué hipotecarla sin garantía de que se vaya a cumplir lo prometido?

Prefiero la realidad a la fantasía. La imaginación, sea o no loca, habite o no mi casa, la reservo para crear escenarios, buscar medios posibles que me permitan alcanzar mis objetivos y gozar de estos. Experimentar profundamente la felicidad de abrazar aquello por lo cual me he arriesgado, trabajado y esforzado por obtener. Saborear el éxito de mis emprendimientos, cuyo costo he pagado con gusto, a la espera de conquistar un bien más valioso para mí.

Los grupos de presión y sus discursos políticamente correctos con los que pretenden manipular a los demás me importan tan poco como pasarme la vida llorando mi final. Discursos basados en palabras y conceptos malentendidos en el mejor de los casos, y la mayoría de veces sobrevalorados o distorsionados. Compromiso social, revolución, entrega… ¡qué larga es la lista de vocablos no cuestionados por aquellos llamados a inmolarse! Y, si no lo haces, serás considerado una especie de paria, un malagradecido saber con quién. Lo que sí sé es quién sale beneficiado con tales arengas: aquel que se encuentra en el ejercicio del poder y quienes lo rodean.

Dentro de ese paréntesis que es nuestra vida misma, encontramos muchos otros paréntesis llamados de distintas maneras: etapas, procesos, períodos. Y de estos, damos testimonio de los momentos pasados. Esos paréntesis en los cuales hemos decidido ser quienes somos hoy. Nos hemos construido, creado, modelado según la imagen que de nosotros tenemos.

Durante ese tiempo hemos acumulado muchos objetos de los cuales nos es difícil separarnos: ya sea porque pensamos que algún día nos pueden servir de nuevo, porque nos recuerdan épocas ya idas o simplemente por dejadez de entrarle al cúmulo de cosas que llenan nuestro clóset. Para salir de bártulos y cachivaches nos sirven otro tipo de paréntesis: los asuetos. Total, lo más importante que nos dejan éstos son los recuerdos que llevamos siempre con nosotros.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 18 de abril de 2011. La fotografía la tomaron el 24 de febrero de 2010, en una de esas memorables veladas que he pasado en compañía de amigos entrañables en el taller “Ars Artis” del maestro Walter Peter, tomando vino y celebrando el arte, la filosofía y la vida misma.

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3.27.2007

Borgeando la felicidad


Por algo, sin duda, es Borges uno de mis autores preferidos. Genial, ¿no?


"Quizá porque ya no veo la felicidad como algo inalcanzable; ahora sé que la felicidad puede ocurrir en cualquier momento y que no se debe perseguir."



Jorge Luis Borges

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