Principios / Marta Yolanda Díaz-Durán A.

11.18.2012

¡Salú!




Y, si le sumamos a la salud el dinero necesario para satisfacer nuestras necesidades y alcanzar nuestros objetivos que, sin duda, incluyen todo aquello que anhelamos para ser felices; y si además hemos encontrado el amor, ese alguien único con quien compartir nuestra vida y que refleja nuestros valores más altos, habremos completado el conjunto de deseos comunes a la mayoría de seres humanos. Y me atrevería a apostar que ningún individuo se libra en la realidad de tales deseos. Aún aquel que se expresa despectivamente en contra de lo anterior, en lo más recóndito de su ser ansía la trilogía humana de la felicidad. En mi opinión, tal postura displicente es sólo una máscara que sirve para ocultar su miedo a fracasar en el intento de alcanzar la trinidad listada.

Por otro lado, hay muchos que, lamentablemente, en lugar de considerarse protagonistas de su vida, asumen un papel de víctimas cuyo guión asigna otros seres, reales o imaginarios, la culpa de sus fracasos. No tienen salud porque no se las da gratis el ficticio Estado. No tienen dinero porque los han explotado, aunque sea muy poco lo que hayan trabajado y producido en su vida. Y creen que el gobierno ha fallado en su deber de entregarles una parte de lo que otros han creado. Nadie los quiere porque nadie los entiende: es tal su grandeza que están fuera de toda probabilidad de ser comprendidos por cualquier simple mortal, por eso desprecian a los demás. Se engañan creyendo que alguien les envidia la amargura con la cual llenan su existencia. Si supieran que en el mejor de los casos provocan lástima, y en la mayoría de las veces, indiferencia. Al fin, cada quien cosecha lo que siembra.

Yo, vivo la vida con alegría. Pero no una alegría ingenua, que falsea la realidad, que es propia de aquellos cándidos volterianos que sólo atraen para sí mismos desgracias y luego, irracionalmente, las celebran y racionalizan. Mi alegría está fincada en el reconocimiento de lo que es y la búsqueda dentro de la realidad de los medios que me permitan alcanzar mis propósitos. Sí, la mía es una vida con propósitos que espero llevar a cabo en esta Tierra y en esta, mi única existencia. Pienso al igual que uno de mis héroes literarios, Francisco D’Anconia, que el ser humano más depravado es aquel que no tiene propósitos. Que desperdicia su bien más preciado: su propia vida. Si no vivimos, nada importa. Para valorar y actuar necesitamos vivir. Quien no se valora en la justa medida, quien no se cuida termina más pronto, y con menos logros, ese camino irrepetible que es más importante que su destino. El camino de la vida, que nos lleva a todos a la muerte.

Por supuesto que es más fácil decirlo que cumplirlo. Sobre todo en el principio, cuando empezamos a cuestionar los paradigmas a partir de los cuales actuamos, ya que hemos sido educados para creer que primero van los demás y después nosotros. ¡Cuántos no temen decir que se quieren y quieren ser felices! ¡Cuántos sienten vergüenza sólo de pensarlo y nunca se van a atrever a expresarlo! ¡Cuántos desperdician su valor más importante: su propia vida! Cuántos ignoran que para poder valorar, actuar, amar… y ser felices, primero necesitan estar vivos.

Hoy que escribo estas líneas me tuve que bañar con agua fría. Mi calentador se arruinó ayer. Pude calentar agua en la estufa para bañarme, pero decidí retarme y opté por sentir correr por mi cuerpo el líquido frío. Fue una experiencia memorable. Experiencia que espero no tener que repetir pronto. Pero la aprecié porque, primero, superé el reto; y segundo, terminé sintiéndome revitalizada, con más energía y más lúcida que otros días. Pensé que para millones escuchar que tienen derecho a buscar su felicidad en el presente, en esta vida, será como ese baño de agua fría que los despierta de la pesadilla en que han vivido. ¿Se anima al helado despertar? Salú.

Artículo publicado en la Edición 34 de la revista "NuChef", del bimestre febrero-marzo 2012.

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