Principios / Marta Yolanda Díaz-Durán A.

8.29.2016

El trabajador debe ser libre



El trabajador debe ser libre de elegir dónde trabajar, bajo qué condiciones y ganando lo que él acuerde con quien quiera que esté en la capacidad de ofrecerle un empleo productivo y desee hacerlo. El trabajador debe ser libre de elegir cómo prever para su vejez, con quién crear su fondo de retiro, bajo qué circunstancias y en cuál contexto desea hacerlo. Al final, es SU dinero: producto de su esfuerzo. Y si fue capaz de ganarlo, es capaz de decidir qué es lo que más le conviene a partir de sus objetivos personales, no la decisión arbitraria de ningún burócrata y menos de los líderes y/o miembros de los grupos de presión que pretenden decidir por el resto.

Sin embargo, en Guatemala lo anterior es prohibido, entre otras normas, por el Decreto 295 del Congreso (Ley Orgánica del Seguro Social), emitido el 30 de octubre de 1946. Según la legislación citada, todos los habitantes de Guatemala que sean parte activa del proceso de producción de artículos o servicios, ESTAN OBLIGADOS ¿a contribuir? (una obvia contradicción) al sostenimiento del régimen de seguridad social.

¿Por qué? Si nuestra Constitución dice clara y explícitamente en los artículos 2 y 4 lo siguiente: “Es deber del Estado garantizarle a los habitantes de la República la vida, la libertad, la justicia, la seguridad, la paz y el desarrollo integral… En Guatemala todos los seres humanos son libres e iguales en dignidad y derechos… Ninguna persona puede ser sometida a servidumbre ni a otra condición que menoscabe su dignidad”. No obstante, son los mismos gobernantes, apoyados por los grupos de presión ideologizados, quienes violan los derechos de los trabajadores y menoscaban su dignidad. Los desprecian considerándolos incapaces de decidir qué es lo que más les conviene.

El monopolio otorgado desde hace 70 años al IGSS, además de que viola la libertad de los trabajadores, obstaculiza el desarrollo integral de todos aquellos que son obligados a mantener el mencionado elefante blanco, el cual es una de las mejores pruebas del fracaso del Estado Benefactor en nuestro país. Y, a pesar de su deterioro generalizado, lo único que se propone es que los trabajadores puedan elegir invertir para su vejez en el IGSS o en otras entidades privadas, según la conveniencia de quién está generando el dinero, y no basado en la decisión arbitraria de un funcionario público.

El ciudadano, que es el mandante, manda. El ciudadano decide. Las abstracciones no actúan, sólo los individuos que conforman los colectivos. Y cada uno es responsable de las decisiones que toma, independientemente de los grupos a los cuales pertenezca o con lo que se identifique. Hoy es más posible que ayer promover una reforma que les devuelva a quienes trabajan por cuenta ajena (o sea, son empleados por otros) la libertad que pocos gozan en Guatemala. Pero para eso deben aclararse las ideas y no dejarse engañar por quienes saben que NO se está proponiendo la privatización del IGSS y aun así mienten descaradamente para engañar a la gente.



Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 29 de agosto de 2016.

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8.22.2016

La incapacidad del gobierno



El gobierno actual, como lo fueron los anteriores, es incapaz de cumplir con su función primordial: velar porque se respeten los derechos individuales de los habitantes del país. Y, en caso estos sean violados, también es obligación de los gobernantes garantizarle a las víctimas de tales violaciones que serán compensadas por quien sea el o los responsables de la violación. En pocas palabras, deben asegurarse de que haya seguridad y justicia para todos aquellos que cumplan con respetar los derechos de los demás.

Es más que evidente que la dispersión de las responsabilidades de los gobernantes que promueve el Estado Benefactor y Mercantilista que impera en Guatemala, les ha facilitado a los mencionados evadir la realidad y pretender justificar su ineptitud con la excusa de que no les alcanza ¡no importa cuánto expriman ya a los tributarios! el dinero que recaudan. Una mentira descarada que les sirve de pretexto para aumentar los impuestos. Lo único que de verdad les interesa y les preocupa a quienes llegan al ejercicio del poder, independientemente del discurso político que les haya permitido lograrlo, es idear nuevas maneras de expoliar a los miembros productivos de la sociedad.

Algo de cierto tiene el nombre que eligieron para el nuevo paquetazo de tributos que nos pretenden imponer, “Ley de recuperación de la capacidad fiscal del Estado”: les interesa a ellos, a quienes creen que ejercen el poder, fortalecer sus facultades para despojar a la mayoría de la poca riqueza que han logrado crear a base de su esfuerzo personal. Poco les importa, más allá de la demagogia electorera que nunca acaba, las condiciones miserables en las que viven los considerados pobres crónicos y el hecho de que cada vez hay más personas que se empobrecen en lugar de mejorar sus ingresos reales y por ende su poder adquisitivo.

El Estado es sólo una abstracción a la que recurren los politiqueros y los grupos de presión cada vez que quieren sangrar al resto. Ni es débil ni fuerte. Débiles o fuertes sólo pueden ser los individuos. Y en Guatemala los débiles somos los ciudadanos que somos obligados a mantener una estructura burocrática estatal parasitaria y a los inútiles que son electos para gobernar. Lo anterior no va a cambiar, hasta que reformemos RADICALMENTE el sistema de incentivos perversos dentro del cual vivimos.

Estoy cansada, como la mayoría, de tanta farsa y embustes de los gobernantes, que además de robar ¡legalmente! lo que es legítimamente nuestro, nos insultan creyendo que nos tragamos los cuentos con los cuales intentan fregarnos más. Qué Jimmy Morales deje de orar y llorar, y se ponga a trabajar. Si no sabe hacer nada más que actuar, que regrese a los teatros con sus tragicomedias. No ha hecho nada de lo que ofreció en su campaña que valía la pena que cumpliera, como por ejemplo acabar con la corrupción y no subir impuestos. O lo recuerda él, o alguien se lo va a recordar de una manera que podría resultar lamentable. Basta de shows. Estamos hartos.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 22 de agosto de 2016.

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8.15.2016

¿El desempleo limita el crecimiento?



No. ¡Por supuesto que no! ¿Qué tontería, verdad? Es como poner la carreta enfrente de los bueyes. Lo correcto es lo contrario: hay desempleo porque no hay crecimiento económico. Y no hay crecimiento económico por la cantidad de obstáculos legales (intervención estatal) que hay a la transformación de los recursos en riqueza. No hay crecimiento económico por culpa de la incertidumbre fiscal caracterizada por el aumento periódico de impuestos, y al permanente ataque a quienes poseen el capital necesario para lograr esa transformación: o sea, a la agresión constante de algunos grupos de presión con el objetivo de ahuyentar la inversión. Violaciones que son permitidas por los gobernantes.

Sin embargo, esa es la conclusión a la cual llegaron varios burócratas supraestatales de la Sieca y funcionarios del Conare que trabajaron junto con gente del Icefi y de la Universidad Rafael Landívar. Los anteriores elaboraron el llamado “Quinto Informe del Estado de la Región, 2016”. Por cierto, los señores del Icefi son los creadores de la puñalada fiscal, tanto de la primera versión que no pasó durante el gobierno de la UNE, como de la segunda versión que se aprobó durante el gobierno del Partido Patriota.

Es el paquetazo tributario elaborado por el Icefi, el cual continúa vigente a la fecha, la principal causa por la que muchos están hoy viviendo en peores condiciones que antes y con pocas probabilidades de mejorar, honradamente y sin emigrar, sus ingresos reales. Todavía peor, son los cambios fiscales mencionados el principal motivo por el que tantos no lograron encontrar un trabajo productivo y permanente en los últimos años.

No obstante la evidente situación precaria en la que viven millones de guatemaltecos, Jimmy Morales y su equipo, apoyados por los nefastos señores del Icefi, decidieron preparar una nueva puñalada fiscal que, en lugar de eliminar impuestos directos que alejan la inversión, propone aumentar varios de los gravámenes que ya existen, algunos inconstitucionales como el de las gasolinas, y crear nuevos tributos. Claro, no propusieron absolutamente nada en lo que respecta a eliminar la corrupción y reducir el enorme malgasto gubernamental, principalmente en la gigantesca, ineficiente y en la mayoría de los casos innecesaria, burocracia estatal.

Jimmy Morales se merece el apodo que le han puesto, El hombre en la Luna, que le queda como anillo al dedo. Mientras, los guatemaltecos en lugar de progresar retrocedemos, los más pobres en nuestro país son considerados pobres crónicos (viven miserablemente), los que pueden invertir desconfían de los gobernantes y ven con recelo la crítica situación en la que vivimos (baja el índice de confianza, aumenta el desempleo y aumenta la violencia). ¿Quién va a ganar la batalla que recién empezó por los cambios al sistema impositivo? ¿Nosotros, los que pagamos los caprichos de los gobernantes y sus amigos que pretenden disfrutar de lo que hemos ganado justamente? ¿O los corruptos que creen que ejercen el poder?


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el martes 16 de agosto de 2016.

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8.08.2016

Pobres crónicos



Guatemala es el país en la región con más población viviendo en pobreza crónica (siempre han estado debajo del umbral de la pobreza), según el informe del Banco Mundial llamado “Los olvidados, pobreza crónica en América Latina y el Caribe”; lo que, a pesar de la desconfianza que me inspiran los burócratas bien pagados (con nuestros impuestos y el de los tributarios de los países que los mantienen) de las organizaciones estatales supranacionales, no me extrañaría que fuera cierto, ya que desde 1945 el sistema que impera en nuestro país es el castrante Estado Benefactor/Mercantilista.

Es importante señalar que después de 70 años de vivir dentro de un sistema estatista e intervencionista, en el cual los más pobres siguen siendo casi igual de pobres, esas mismas políticas han logrado, en particular en los últimos años, reducir la brecha que tanto les preocupa a algunos envidiosos: o sea, lograron que los ingresos reales de quienes no eran tan pobres, la llamada clase media, se redujeran y ahora estén más cerca de los ingresos de los pobres crónicos.

Por supuesto que en los países en los cuales hubo menos crecimiento económico son los países en los cuales viven más pobres crónicos: no se necesita ser genio para darse cuenta de tal realidad. Pero, ¿cómo va a haber crecimiento si cada vez hay más obstáculos a la creación de riqueza? Y, lo que es peor, casi todos los informes que los mencionados burócratas elaboran terminan recomendando más de lo mismo: más estatismo, más intervencionismo y, sobre todo, ¡más impuestos! Así es imposible que se logre mejorar la calidad de vida de todos en el largo plazo.

Con más impuestos, en especial impuestos directos, lo único que logran es ahuyentar la inversión de capital necesaria para transformar los recursos en riqueza que, como es obvio, es la única forma de superar la pobreza. Si no hay inversión, no hay suficientes fuentes de trabajo productivo que les permitan a aquellos que no tienen empleo encontrar uno que les facilite satisfacer sus necesidades; y a los que ya tienen trabajo, encontrar uno mejor que les permita progresar. Y sí, señores del Banco Mundial, descubridores del agua azucarada: “los ingresos laborales representan el factor impulsor más importante para la reducción de la pobreza”, como indican en su informe.

Ahora que los del CACIF, el gobierno y el ICEFI parece que se han puesto de acuerdo en lo que respecta a la futura reforma tributaria, es vital que tengan en cuenta lo anterior, para que no terminen negociando una nueva puñalada fiscal que, al final, también les va a estallar en la cara a quienes pretendan transar con los que ejercen el poder (incluido el embajador de EE. UU.) y clavar a los empresarios no organizados y al resto que ya pagamos más que suficiente para mantener a una burocracia estatal parasitaria, ineficiente, en algunos casos inexistente, y en su mayoría INNECESARIA. No se diga la tajada de nuestros ingresos que termina en los bolsillos de los corruptos de turno que creen que gobiernan.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 8 de agosto de 2016.

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8.01.2016

La injusticia de la redistribución



Hay quienes creen que pueden redistribuir, arbitrariamente, lo creado por unos a otros. Lo que unos han creado a base de su esfuerzo mental y su esfuerzo físico. Lo que unos han producido con el objetivo de alcanzar las metas que se han fijado en la vida. Riqueza que se han ganado justamente, respetando los derechos individuales de los demás y respetando los contratos que hayan hecho con otros. Riqueza que los redistribuidores, con alma de dictador, creen que tienen el derecho de entregar a otros que no la han ganado.

¿A qué se debe tal arrogancia de los redistribuidores, con disfraz de humildad y aprecio por los desposeídos? Al final, lo único que logran es obstaculizar el camino para superar la pobreza de aquellos con menos recursos, además de promover un sistema de incentivos perversos. Obstaculizan el progreso de todos, en particular el de los más pobres, porque promueven la expoliación de capital a quienes pueden invertir para transformar recursos en riqueza y crear fuentes de trabajo productivo que contribuyan a la mejora en los ingresos reales de todos, incluidos los menos productivos, ya que hasta ellos tendrían más oportunidades de encontrar un empleo.

Promueven el sistema de incentivos perversos que tanto daño a hecho a la moral de muchos. Creen que unos, por ser exitosos, deben sacrificarse por otros, independientemente de si estos otros merecen lo que el redistribuidor pretende entregarles. Todos tenemos necesidades pero, de igual manera, tenemos la responsabilidad personal de satisfacerlas. Es injusto responsabilizar a unos de satisfacer las demandas de otros que, en muchos casos, se conforman con las migajas que les entregan los redistribuidores, después de que el dinero arrebatado a los creadores se pierde en el parasitario aparato burocrático estatal y las cuentas de los gobernantes. Es en estos dos rubros donde termina la mayor parte de la riqueza que, si se hubiera quedado en manos de sus legítimos dueños, hubiera contribuido a la mejora en la calidad de vida de otros, en la medida en la cual cada uno ganara su pan de cada día.

Por cierto, es más importante el esfuerzo mental que el físico, porque de poco sirve hacer enormes esfuerzos físicos, si partimos de un juicio que es falso nunca vamos a alcanzar nuestros objetivos, cualesquiera que estos sean y por más que trabajemos 18 horas al día, todos los días de nuestra vida. El objetivo del esfuerzo mental es el reconocimiento de los hechos de la realidad que nos permite emitir juicios verdaderos.

Circula un "meme" en las redes sociales virtuales que dice: “El envidioso no quiere lo que tú tienes, lo que quiere es que tú no lo tengas”. Y a estas alturas del debate, y con toda la evidencia que prueba que el intervencionismo, el estatismo, el colectivismo y la redistribución sólo obstaculizan el desarrollo, pienso que quien haya escrito la frase mencionada tiene razón. Por supuesto, aparte están los politiqueros oportunistas que saben que la mayor parte de lo redistribuido terminará en sus bolsillos.



Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 1 de agosto de 2016.

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7.25.2016

El origen de la tragedia venezolana



El origen de la tragedia venezolana es el mismo de la mayoría de tragedias. Un origen que viene del olvido de algunos, de la negación de muchos o del desconocimiento de otros de que las ideas tienen consecuencias. ¿Cuáles eran las ideas que predominaban en la mente de los venezolanos a finales del siglo pasado cuando decidieron apoyar el socialismo promovido por Hugo Chávez y su gente? ¿Cuáles creían que eran las obligaciones de los gobernantes? ¿Sabían que el Estado es sólo una ficción, un ente de razón, un término por medio del cual se identifica a un conjunto de personas, que viven dentro de un mismo territorio y conviven bajo un mismo sistema de normas? ¿Que ese ente de razón, cuya existencia sólo es mental, no puede hacerse cargo de las necesidades de nadie?

¿Sabían los venezolanos a finales del siglo pasado que quienes actúan en nombre del abstracto Estado son aquellos que llegan al ejercicio del poder? Políticos que, en la mayoría de los casos, la gente desprecia por mentirosos, corruptos y ladrones. Políticos que son el producto del sistema de incentivos perversos que fue impuesto en casi todo el mundo en la primera mitad del siglo veinte. En el caso de Guatemala, ese sistema fue adoptado en 1945. Un sistema que proclamó a los cuatro vientos sus buenas intenciones pero que, al final, terminó empedrando el camino al infierno para millones que no lograron superar los obstáculos que pone en el camino para la creación de riqueza y superación de la pobreza.

Más allá de las etiquetas que algunos usan de muletillas, ante la falta de argumentos y evidencias para sostener sus juicios obviamente falsos, lo que aquellos que buscamos la verdad (y entendemos que ésta es una cualidad de los juicios mentales que emitimos, los cuales serán verdaderos si concuerdan con los hechos de la realidad) debemos hacer es enfocarnos en cuáles son las características del sistema dentro del cual convivimos.

El sistema será injusto y de incentivos perversos, independientemente de cómo lo llamen, si el sistema es intervencionista (otorga poder a los gobernantes para inmiscuirse en muchas o todas las actividades humanas y las distintas facetas de la vida de todo individuo), es estatista (los gobernantes, en nombre del Estado, se supone que se hacen cargo de la mayoría o todas las necesidades de la población) y colectivista (se privilegian las demandas de los grupos de presión por encima de los derechos de los individuos).

Los venezolanos de finales del siglo pasado, no se aclararon las ideas ante el fracaso del Estado Benefactor/Mercantilista en su país. Y en lugar de hacer un cambio radical, optaron por radicalizar el intervencionismo, el estatismo paternalista y el colectivismo, apoyando el socialismo impulsado por Chávez. He ahí el origen de la tragedia que hoy los ha llevado a una situación en la cual no tienen ni qué comer. ¿Cuántos hoy en Venezuela entienden el origen de su problema? ¿Cuántos en Guatemala entendemos que caminamos una senda tan peligrosa como la de los venezolanos?


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 25 de julio de 2016.

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7.18.2016

Sacrificar a Juan



O a María, o a Pedro, o a Isabel. Da igual el nombre de la persona cuando la gente cree que se puede sacrificar a unos para beneficiar a otros. Puede ser cualquiera. Hoy usted acepta que unos sean sacrificados, y tal vez mañana el sacrificado sea usted mismo. Es irrelevante de quién se trata cuando se ve a algunos individuos como medios para satisfacer las necesidades de los demás y, además, semejante inmoralidad es vista como algo deseable. Quiénes serán sacrificados y quiénes serán los beneficiados con tal acto es arbitrariamente decidido por aquellos que ejercen el poder, apoyados por líderes de presión que de alguna manera consideran que también los beneficia.

Lo más triste de esta realidad, es que la mayoría de las veces los que son sacrificados aceptan semejante injusticia porque creen que así debe de ser y aceptan una culpa inmerecida por los juicios falsos que somos obligados a aceptar como verdades irrefutables desde que empezamos a tener uso de razón. Juicios falsos que terminan siendo el origen de nuestras contradicciones que nos impiden alcanzar plenamente nuestros valores y conservarlos. Son estas creencias desarraigadas de los hechos de la realidad, basadas en prejuicios ancestrales y místicos, las que alejan a muchos de alcanzar el más noble propósito de todo ser humano: ser feliz.

Desde que somos pequeños, nuestros padres con la mejor de las intenciones en la mayoría de los casos, repiten con nosotros el error que sus padres cometieron con ellos: obligarnos a actuar en contra de nuestra naturaleza y en contra de nosotros mismos. Lo hacen cuando nos obligan a entregar a otros lo que nos pertenece y nos hemos ganado, con la excusa de que el otro también lo necesita, aunque no le pertenezca ni se lo haya ganado. A unos se les enseña a sacrificarse y a otros se les enseña a exigir lo que es de los demás haciéndoles creer que tienen derechos sobre los bienes de otros. Es este el origen del sistema de incentivos perversos dentro del cual vivimos y que la mayoría acepta casi sin cuestionar por miedo al qué dirán.

¿Debo de hacer algo para cambiar la situación? ¿Por qué debo hacerlo? ¿Qué puedo hacer para cambiar el estado actual de las cosas? ¿Qué puedo hacer para vivir dentro de una sociedad donde prevalezcan la paz y el respeto mutuo? ¿Una sociedad en la cual haya menos obstáculos para vivir la mejor vida que me sea posible? ¿Vale la pena pelear por el futuro, preocuparnos por lo que va a pasar mañana?

El mundo sólo está determinado por las elecciones libres de quienes lo habitamos. De nosotros depende, para bien o para mal, lo que vaya a suceder. ¿Una nueva ilustración que impulse a nuestra especie a seguir prosperando? ¿O una nueva edad media que nos retroceda a un estado de siervos? De cada uno de nosotros depende cuál de los dos escenarios se va a dar en el largo plazo. Dependerá de si prevalece la visión de que toda persona es un fin en sí mismo, o la visión de que unos son sólo medios para satisfacer los deseos de otros.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 18 de julio de 2016.

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