Principios / Marta Yolanda Díaz-Durán A.

3.19.2018

¿Competencia o más corrupción?




Es la pregunta que nos debemos hacer ante la amenaza de que sea aprobada por el Congreso la mal llamada ley de competencia, la cual será mejor comprendida si se le reconoce como lo que es: más legislación intervencionista que, al final, va a promover la incompetencia y la corrupción, porque a más intervención de los gobernantes y de los burócratas en la economía, en la salud, en la educación, en las carreteras…, mayor y más fácil es el robo y el despilfarro de nuestros impuestos y más difícil es la creación de riqueza y el progreso.

El problema de la ley anticompetencia está en su mismo origen y su naturaleza intervencionista. La raíz del problema es el poder discrecional y arbitrario que pretenden otorgar a un grupo de burócratas. Poder que con anterioridad usaron para otorgar privilegios que evitan la competencia. Poder ostentado por burócratas que no saben qué significa competir o le tienen miedo a la competencia y por eso se acomodaron como funcionarios del Estado. Burócratas que ahora van a decidir qué es una práctica anticompetitiva, qué es la eficiencia económica, qué bienes debemos adquirir y a quiénes se los debemos comprar. Lo que es una paradoja, porque la única práctica anticompetitiva que existe es la creada previamente por los gobernantes que favorecieron con monopolios o carteles a los mercantilistas.

Es absurdo utilizar de excusa para aprobarla que ya el resto de países la tienen: mal de muchos, consuelo de tontos. El objetivo REAL de la ley anticompetencia es intervenir el mercado y crear más burocracia por medio de un ente superpoderoso al que van a llamar la “Superintendencia de competencia”, hermana de sangre de la SAT. La oferta es tentadora para algunos que CREEN que les va a facilitar competir con los más eficientes. ¿Te afectan los que compiten en tu mercado? ¿Venden más que tú? ¡Ah! Reclámalo a la Superintendencia: es probable que estén llevando a cabo alguna práctica anticompetitiva como, por ejemplo, ofrecer un mejor producto, un mejor servicio o un mejor precio.

NO se necesita una supuesta ley de competencia para protegernos, porque la mejor protección para los consumidores es la VERDADERA competencia: la única que beneficia a todos en el largo plazo. Los intercambios de propiedad privada, pues al fin eso hacemos al adquirir bienes y servicios, son por naturaleza voluntarios. No se puede legislar el libre mercado o crear competencia por medio de legislación. Para tener un mercado, libre por definición, los gobernantes deben respetar la voluntad de las personas que deciden qué, cómo, cuándo, cuánto… y a quién le compran todo aquello que necesitan para cubrir sus necesidades y alcanzar sus objetivos PERSONALES.

Una política de intervención del gobierno en el mercado es una contradicción. Que los gobernantes pretendan controlar por medio de regulaciones la competencia es ilógico. EL “CONTROL” LO DEBE EJERCER EL CONSUMIDOR/USUARIO: en todos los bienes y en todos los servicios, incluidos los estatales. El control lo debe ejercer quien paga. Una ley de competencia, solo promueve la burocracia estatal, la arbitrariedad de los gobernantes y, por tanto, la corrupción y la extorsión legalizada. La única competencia que va a promover será la de la corrupción.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 19 de marzo de 2018.

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7.14.2014

Vete



O quédate. Haz lo que consideres justo para llegar a ser la persona que tú quieres ser. Hazlo respetando la vida, la libertad y la propiedad de los demás. Pero no lo dejes de hacer bajo ninguna circunstancia. Elige tú: sólo tú vivirás tu vida y sólo tienes una oportunidad para vivirla. Haz lo que consideres necesario para ser feliz. Te lo digo con aprecio y sin signos de admiración. No es una orden. Es una muestra de apoyo. Es reconocer que te entiendo.

Es casi seguro que los peligros que vas a encontrar sean peores que los enfrentados por tus predecesores. Como siempre, se vuelve a cumplir la advertencia que resume parte importante de la sabiduría humana acumulada: “De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno”. Gente que dice actuar de buena fe, promueve una mayor intervención del Estado, para lo cual es necesario otorgar más poderes a los gobernantes obviando el acertado consejo que dio un inglés que vivió hace muchos años, un señor al cual probablemente nunca has oído nombrar, pero basta con que aprendas lo que dijo: “El poder tiende a corromper. El poder absoluto corrompe absolutamente”. Por si acaso te interesa, su nombre fue John Acton.

El mayor control que impulsan los mencionados bienintencionados (y otros que no lo son tanto) va a provocar que los servicios que prestan los coyotes aumenten de precio, al igual que la inseguridad que vas a sentir en el camino. Lo mismo pasó con la guerra contra los narcos que tanto daño ha hecho por estos lares. Es irónico que los impulsores de ese absurdo enfrentamiento son los gobernantes de Estados Unidos, el destino preferido de quienes desean emigrar. Que buscan trabajar. ¿Será la guerra contra los coyotes la próxima guerra perdida emprendida por el gobierno de EE. UU., servilmente aceptada por los gobernantes de nuestra región? ¿Será la sustituta de la guerra perdida contra las drogas?

Entiendo que los estatistas/colectivistas pidan y apoyen más intervención de los gobernantes en nombre del abstracto Estado: es una excusa más que justifica su existencia. Pero que personas identificadas con el ideario liberal/individualista también aplaudan estas medidas me parece una evidente, y terrible, contradicción. En fin, es su decisión adoptar esa posición en pleno uso de su libertad. Esa libertad que espero aprendas a valorar. A exigir su respeto. A defender.

En octubre de 2004 escuché contar al filósofo David Schmidtz que en una cena a la que asistió por esos días, uno de los comensales le preguntó cuál era la esencia del liberalismo. La respuesta del intelectual fue la siguiente: “El corazón del pensamiento liberal está en el derecho de cada individuo a vivir su vida donde quiera”. Tú y yo no nos conocemos, y probablemente nunca nos veremos. Pero entiendo tu anhelo de formar parte de una sociedad donde tengas más posibilidades de vivir en paz. Donde la probabilidad de prosperar sea más alta que la que encuentras en tu tierra. Yo, deseo que tengas éxito buscando tu felicidad.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 14 de julio de 2014. La imagen la bajé de la Internet.

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1.28.2008

Lo siento


Siento mucho, muchísimo, darme cuenta de que, más rápido de lo que había pensado, esa farsa de ley que se vendió como la panacea de los infantes desamparados, abandonados, maltratados, abusados… tantas veces por sus familiares, incluidos sus padres… se cae en pedazos, al salir a luz las verdaderas razones que guiaron a varios de quienes se rasgaban las vestiduras, amenazaban con inmolarse o, al menos, cortarse las venas con pan sándwich (digo, no vaya a ser que se lastimaran al utilizar otro objeto) si no era aprobada.

¿Cuáles son algunas de esas razones? La búsqueda de poder, dinero, fama. Un cómodo puesto en la burocracia estatal que les asegure altos ingresos a cambio de nada. ¿Acaso se les puede exigir el cumplimiento de sus labores? Los podemos criticar, despreciar, recordarles a su madrecita (por suerte ellos sí la tuvieron), decirles hasta de qué se van a morir que, total, a la gente de su especie les da igual. Han llegado a desarrollar tal cuero aceitoso que todo les resbala.

Probablemente hay motivos de índole sicológica que, sin duda, no creo tener la suficiente información como para emitir un diagnóstico y menos sugerir un tratamiento. El resentimiento, la envidia, la frustración, sentirse fracasado, independientemente del éxito alcanzado, son obstáculos que sólo se pueden vencer cuando el individuo reconoce que los padece, y existe un compromiso real del sujeto de tratarse, buscar las raíces de sus males y tomar cartas en el asunto para superarlos. En fin, un problema de quien así siente, así vive y así consume su escaso e irrecuperable tiempo.

Por supuesto que hay que corregir los abusos que algunos hayan cometido en tan noble proceso como es el de la adopción. Pero de eso a sepultar la esperanza de los huérfanos, hay un gran trecho. En lugar de estatizar, monopolizar, burocratizar y pasarle el costo del trámite de las adopciones a los tributarios, se debió fortalecer la persecución y condena de aquellos que hubieran incurrido en actos criminales.

Quienes me hacen el honor de leer lo que escribo, o escuchar “Todo a pulmón” (100.9FM, al mediodía), saben cómo este tema me ha tocado en lo personal. Conocen de mi amistad con un grupo de cariñosos niños que, a pesar de lo queridos que son (yo soy sólo una más entre tantos que daríamos casi cualquier cosa por verlos dichosos e integrados a una familia), anhelan ser adoptados. Seres bellos que desean disfrutar del amor exclusivo de un padre o una madre. Qué mejor si ambos. Pero, al menos con uno de ellos que los ame, los proteja y se dedique por entero, como lo hacen muchos, a brindarles una vida plena de oportunidades, es suficiente.

Se puede enmendar el error. Se puede revertir por medio del activismo jurídico y la indignación de la población consciente. Pero todo ello implica, además del decir, la acción. No debemos quedarnos de brazos cruzados. Todos podemos hacer algo. Por favor, hágalo.

Articulo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 28 de enero de 2008.

La fotografía de Rodolfo la tomé el sábado 26 de enero de 2008, en el Hogar Rafael Ayau.

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10.08.2007

Ni padre ni madre


Los políticos saqueadores, todo aquello que consideran un problema, pretenden solucionarlo con más de lo mismo: burocracia e intervención gubernamental. Todo en nombre de un abstracto Estado. Irónicamente, las raíces del mal, las causas de la enfermedad son, precisamente, la burocracia y la intervención de los políticos en nuestra esfera privada. Se meten impunemente a nuestras camas, disponen de nuestros bienes y deciden por nosotros a partir de sus fines, irrespetando los nuestros. Nos ordenan cómo vivir nuestras vidas y para quiénes debemos vivirla.

¿Lo hacen porque les interesa un indefinido bien común? ¿Un bien común que se adapta a los intereses de aquellos que gobiernan sin límites? ¿Un bien común dictado por las voces políticamente correctas de los grupos de presión? ¿Un bien común que termina siendo el bien particular de unos cuantos, obtenido a costa del mal generalizado del resto?

Sin embargo, a pesar de los obstáculos encontrados en el camino de la prosperidad, hemos logrado avanzar gracias a las creaciones de mentes intransigentes que no ceden ante los absurdos relativistas de aquellos irresponsables que pretenden vivir de la producción y el trabajo de otros. A pesar de las incongruencias de mucha gente industriosa que ha sucumbido ante la culpa que le hacen sentir los hombres que resienten el éxito de otros. En fin, los adultos que decidimos sobre nuestras vidas, nos las arreglamos para sortear las dificultades que se nos presentan al actuar en la búsqueda de nuestras metas. Obstáculos colocados por tanta idea bien intencionada, pero ajena a la realidad objetiva del ser humano.

No obstante, hay muchos que aún no pueden defenderse por sí mismos. Me refiero a los infantes, a los niños, a las niñas. Muchos que, desde su nacimiento, han sido sujetos de vejámenes innombrables, en la mayoría de los casos causados por sus propios progenitores que no merecen el título de padre o madre. Para estas criaturas de mirada melancólica, de existencias grises, hay una opción: la adopción. Pero hoy, desgraciadamente, en Guatemala, como ya sucedió en otros países, asistimos al entierro de esta milenaria Institución. Y para colmo de males, una gran cantidad acuden creyendo que de esa manera benefician a los menores abandonados o abusados.

Hombres y mujeres de nobles sentimientos que se han tragado los cuentos sin respaldo, sin evidencia sustentable, que han propagado tantos interesados en quedarse con lo que consideran un negoción. O, tal vez sólo pretenden avanzar sus agendas políticas, sin importarles a quiénes se llevan entre las patas al momento de actuar.

Aprobar esas leyes va a condenar a miles de pequeños a una vida de dolor y abandono. ¿Qué hacer cuando son pocos los Davides, demasiado pocos, que se atreven a enfrentar a los Goliats de la mafia estatal internacional? Seguir desafiando racionalmente a los poderosos prejuiciosos, sin padre y sin madre que nombrarles.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 8 de octubre de 2007.

La fotografía fue tomada por María Dolores Arias, el sábado 6 de octubre de 2007, en el Hogar Rafael Ayau. La responsable del retoque soy yo. En la imagen aparezco junto con Vanesa Díaz, la niña de ojos tristes, sonriendo en este breve instante en el cual, de nuevo, cautivo mi corazón… En fin, ¿el de quién no?

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