Los políticos saqueadores, todo aquello que consideran un
problema, pretenden solucionarlo con más de lo mismo: burocracia e intervención gubernamental. Todo en nombre de un abstracto
Estado. Irónicamente, las raíces del mal, las causas de la enfermedad son, precisamente, la burocracia y la intervención de los políticos en nuestra esfera privada. Se meten impunemente a nuestras camas, disponen de nuestros bienes y deciden por nosotros a partir de sus fines, irrespetando los nuestros. Nos ordenan cómo vivir nuestras vidas y para quiénes debemos vivirla.
¿Lo hacen porque les interesa un indefinido
bien común? ¿Un
bien común que se adapta a los intereses de aquellos que gobiernan sin límites? ¿Un
bien común dictado por las voces
políticamente correctas de los grupos de presión? ¿Un
bien común que termina siendo el bien particular de unos cuantos, obtenido a costa del mal generalizado del resto?
Sin embargo, a pesar de los obstáculos encontrados en el camino de la prosperidad, hemos logrado avanzar gracias a las creaciones de mentes intransigentes que no ceden ante los absurdos relativistas de aquellos irresponsables que pretenden vivir de la producción y el trabajo de otros. A pesar de las incongruencias de mucha gente industriosa que ha sucumbido ante la
culpa que le hacen
sentir los hombres que
resienten el éxito de otros. En fin, los adultos que decidimos sobre nuestras vidas, nos las arreglamos para sortear las dificultades que se nos presentan al actuar en la búsqueda de nuestras metas. Obstáculos colocados por tanta idea
bien intencionada, pero ajena a la realidad objetiva del ser humano.
No obstante, hay muchos que aún no pueden defenderse por sí mismos. Me refiero a los infantes, a los niños, a las niñas. Muchos que, desde su nacimiento, han sido sujetos de vejámenes innombrables, en la mayoría de los casos causados por sus propios progenitores que no merecen el título de padre o madre. Para estas criaturas de mirada melancólica, de existencias grises, hay una opción: la adopción. Pero hoy, desgraciadamente, en Guatemala, como ya sucedió en otros países, asistimos al entierro de esta milenaria Institución. Y para colmo de males, una gran cantidad acuden creyendo que de esa manera
benefician a los menores abandonados o abusados.
Hombres y mujeres de nobles sentimientos que se han tragado los cuentos sin respaldo, sin evidencia sustentable, que han propagado tantos interesados en quedarse con lo que consideran un
negoción. O, tal vez sólo pretenden avanzar sus agendas políticas, sin importarles a quiénes se llevan
entre las patas al momento de actuar.
Aprobar esas leyes va a condenar a miles de pequeños a una vida de dolor y abandono. ¿Qué hacer cuando son pocos los
Davides, demasiado pocos, que se atreven a enfrentar a los
Goliats de la mafia estatal internacional? Seguir desafiando racionalmente a los poderosos prejuiciosos, sin padre y sin madre que nombrarles.
Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 8 de octubre de 2007.
La fotografía fue tomada por María Dolores Arias, el sábado 6 de octubre de 2007, en el
Hogar Rafael Ayau. La responsable del retoque soy yo. En la imagen aparezco junto con Vanesa Díaz, la niña de ojos tristes, sonriendo en este breve instante en el cual, de nuevo, cautivo mi corazón… En fin, ¿el de quién no?