Principios / Marta Yolanda Díaz-Durán A.

8.08.2011

La no-contradicción


Al reflexionar esta semana sobre la crisis en la cual se encuentra envuelta la mayor parte del mundo (Guatemala incluida y ocupando uno de los primeros lugares en el índice de la insensatez), me llevó a titular hoy mi artículo con el nombre que se le da a una de las reglas básicas del buen pensar.

Estoy segura que se violan todas las leyes de la Lógica, comenzando con la primera de la cual derivan las otras, la Ley de Identidad (A es A). Sin embargo, pienso que la más fácil de identificar por muchos es la segunda. Sólo basta con escuchar a los candidatos presidenciales para darnos cuenta de lo mal que estamos: desde Sandra Torres y sus reclamos por ser inscrita, hasta los desvaríos de Manuel Baldizón, pasando por todas las tonterías que dicen el resto de los guanabís.

Además de la segunda de las tres leyes de la lógica, “La no-contradicción” es el nombre que le dio la filósofa Ayn Rand a la primera parte de su libro más conocido, “La Rebelión de Atlas”, inspirado en el gigante de los gigantes, sobre quien se sustenta la base más importante del conocimiento humano: Aristóteles. Obra influenciada por otra de las que considero lecturas vitales: “La acción humana” de Ludwig von Mises. Otro gigante intelectual que ¡ojalá! sus críticos leyeran alguna vez.

Menciono de nuevo esta célebre novela, porque pienso que la lectura de la misma ayudaría a muchos a entender qué es lo que está terriblemente mal en nuestra sociedad (something is terribly wrong in this country). Y lo que es más importante: entender qué debemos cambiar para que cambie, para bien, el estado actual de las cosas: la realidad en la que vivimos.

La siguiente es una traducción libre mía, de una idea de Thomas Paine que considero cierta: "La verdad NUNCA se envuelve a sí misma en el misterio, y el misterio en el que en cualquier momento parece envuelta es el resultado del trabajo de sus enemigos, NUNCA propio de la verdad" ("Truth never envelops itself in mystery, and the mystery in which it is at any time enveloped is the work of its antagonist, and never of itself").

Las contradicciones no existen. Por eso, cuando el ser humano actúa contradictoriamente (falseando la realidad) se aleja de sus objetivos. Lo que es peor aún, se aleja del principal anhelo de todo ser humano: ser feliz.  Y, como dijo el protagonista de “La Rebelión de Atlas”, John Galt: "La única felicidad que uno puede conseguir, o destruir, es la propia". De cada persona depende quién es y quién será.

¿Buscamos a los culpables de la situación actual en el espejo o decidimos cuestionar nuestros juicios y renunciar a nuestras premisas falsas? Sin contradicciones, ya que no me importa la muerte y lo que pase después. Me importa la vida, mi vida, lo que pasa hoy y lo que pasará mañana mientras viva. Me importa lo que puedo hacer con mi existencia. Pienso en el futuro. Elijo vivirlo en presente.

Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 8 de agosto de 2011.La imagen de quien se cree fue Aristóteles la bajé de la Internet.

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8.27.2007

La lectura de Atlas


Mientras acompaño a Dagny Taggart en su viaje tras el motor que sostiene al mundo, medito sobre la evolución que tanto ella, Hank Rearden y los demás protagonistas de “La rebelión de Atlas” experimentan. Pero, más que la evolución de ellos, me interesa la que avanza dentro de nosotros, los participantes del club de lectura que discutimos, socráticamente, sobre la obra magna de Alissa Zinovievna Rosenbaum, universalmente conocida como Ayn Rand.

Aunque en la mayoría de los casos para muchos ha significado encontrarnos por escrito con aquello que, a base de golpes, hemos aprendido de la realidad humana y como, a partir de la tendenciosa manipulación de verdades a medias y mentiras descaradas, pareciera que viviéramos en un mundo al revés, donde la gente productiva, respetuosa de los derechos de los otros, que no pretende ser carga de nadie, es tachada de avorazada por los mediocres, resentidos e insatisfechos con ellos mismos, que dicen vivir para los demás, bajo la condición de que esos demás, se acomoden a su santa voluntad.

Cincuenta años han pasado desde la primera publicación de esta novela filosófica que cuestionó la visión impuesta de la razón de existir del hombre. Por cierto, según una encuesta de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos y el Círculo de Lectores, en la que preguntaron a los entrevistados sobre los libros que mayor influencia habían tenido en su vida, “La rebelión…” ocupó el segundo lugar, sólo superada por La Biblia. Una paradoja, aún para la aristotélica Rand. Tendré que revisar las premisas.

Los temas que a la fecha hemos abordado son variadísimos, si bien apenas estamos iniciando la discusión de la segunda parte de tres segmentos basados en el Organum, la lógica desarrollada por el genial ateniense que inspiró esta extensa reflexión randiana. Hemos debatido acerca de la hipocresía de muchos que hoy brillan en la sociedad, haciéndose pasar por grandes humanistas, cuando en la realidad detestan al ser humano como es y quisieran cambiarlo a la imagen que ellos tienen de los otros. Nunca de ellos, que se consideran personas nacidas más allá del bien y del mal. Siempre interesados en el manoseado bien común, e intentando acabar con aquello que precisamente tenemos en común los descendientes del Cro-Magnon.

El amor, la búsqueda de la felicidad, la moral, el placer, la vida con propósito propio (no de otros), y tantos asuntos que ocupan nuestra mente, los hemos abordado con ansia, emoción y curiosidad. A pesar de la opinión de Floyd Ferris de que “…la gente no quiere pensar, y cuanto mayores son sus problemas, menos quiere hacer el esfuerzo, aunque instintivamente sabe que debería hacerlo, lo cual le hace sentir culpable. Por eso, la gente bendecirá y seguirá a quien le ofrezca una justificación para no pensar. Alguien que convierta su pecado, su debilidad y su culpa, en una virtud de gran altura intelectual”.

Y usted, ¿cómo piensa?


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 27 de agosto de 2007.

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