Principios / Marta Yolanda Díaz-Durán A.

2.21.2011

Godinez el olvidadizo


¿Quién soy? Puedo ser usted. Puedo ser su vecino. Puedo ser cualquiera. Puedo ser sólo yo. Sin embargo, para el siguiente texto seré simplemente dios: el narrador omnisciente, que decide sobre las vidas de los protagonistas de la historia que procedo en breve a contarles. ¿Sabrá el personaje que hoy presento que le hago parafrasear a Borges? ¿Que su presentación en sociedad es casi un plagio anunciado? En fin, sólo a mí me pueden acusar aquellos que consideren el cuento que comienza, una arrogancia de mi parte.


“Trabajo desde hace nueve años en el Ministerio Público de un país que olvido su nombre. O, al menos, quisiera olvidarlo haciendo honor a mi apodo. Olvidarlo como tantos otros al igual que yo lo desean. Un Ministerio Público que es un verdadero misterio para el público. Y no sólo para los ajenos, también para los internos.

Empecé como fiscal auxiliar segundo, y luego alguien insistió, quizá demasiado, en que me nombraran fiscal auxiliar primero. Había una diferencia de trescientos billetes. Bueno, creo que trescientos billetes son imperceptibles ahora, pero en aquel tiempo eran trescientos billetes. Entonces, creo que Porfirio “el león” era el Fiscal General. Otro que hacía honor no sólo a su apodo, sino a su nombre mismo. Imagino que sin importar dónde se encuentre ahora, no habrá cambiado. Seguirá siendo porfiado. Además de taimado, malencarado y peligroso. Él me dijo muy bien, que me harían fiscal auxiliar primero, a condición de no volver a oír mi nombre. Pero creo que, a lo mejor, lo oyó un par de veces después, ¿no?

En fin, en todo caso, me ascendieron, y yo llegué a ganar ¿cómo fue que le escuché decir a ese extraño anciano bibliotecario ciego que hablaba como argentino? ¿Incredibili dictum? Total, ¡dos mil cuatrocientos billetes mensuales! Por increíble que parezca dos mil cuatrocientos billetes mensuales no son desdeñables. Aunque, a veces pienso, yo debiera dejar este trabajo. Es un ambiente asaz mediocre. Pero sigo trabajando.

No sé si la palabra trabajando es exacta. Somos, creo, varios cientos de empleados, y nos adjudican trabajo que tiene que ser lento. Yo recuerdo que al principio trabajé arduamente clasificando la evidencia de los casos que me habían asignado. Al día siguiente, uno de los compañeros vino a recriminarme: me dijo que era una falta de compañerismo porque ellos se habían fijado un promedio del veinte por ciento por día de lo que yo había preparado. Ahora, para fines de realismo, ese veinte no era siempre veinte por ciento. Un día sería dieciocho y el otro veintiuno por ciento para que todo resultara más verosímil ¿no? Entonces, me dijo que yo no podía seguir así, y yo al día siguiente clasifiqué diecinueve por ciento para no quedar como presuntuoso. Bueno, y entonces, ¿qué sucede? El trabajo que tenemos que hacer se cumple, en digamos media hora o en tres cuartos de hora; y luego quedan el resto de las 7 horas que están dedicadas a conversaciones sobre fútbol. O si no chismes. O si no, por qué no, cuento verdes”.

Continuará…


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 21 de febrero de 2011. El texto de Borges es la respuesta que da en un entrevista que encuentran en: “En Dialogo 1, Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1998”. La imagen la bajé de Internet. Yo la modifiqué.

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9.06.2010

La conjura estelar


Conspiran las estrellas. Pero no con el fin de encantar a los enamorados que a éstas piden el amor negado o alumbrar a quienes celebran al ser que se ha entregado. No. Según los cuentistas de nombre Luis Solano y Fernando Solís, un día hace ya algún tiempo, observaron que se reunieron las Pléyades en la Tierra, con el objetivo de vencer al enemigo común de toda persona libre: los déspotas resurgidos en los estertores del siglo veinte. Los gobernantes populistas en los albores del tercer milenio. Aclaro que lo anterior lo deduzco de la lectura del cuento redactado a cuatro pies, perdón, a cuatro manos, por los mencionados amanuenses, que eligieron llamar a su delirio “Los nombres tras la coyuntura de junio y julio”.

Poco tengo que escribir sobre la falta de creatividad mostrada por los sofistas mentados. Y menos tengo algo que comentar sobre su doxa básica y sus enredos de primaria. Al fin, soy fiel creyente del aforismo que reza “la mentira prevalece hasta que la verdad aparece”, y como sentenció mi admirado Aristóteles, “la única verdad es la realidad”.

No obstante, el tiempo perdido leyendo la historieta del dúo de fuleros señalados al principio, me hizo recordar, aunque usted no lo crea, al genial Jorge Luis Borges, que casi al final de su vida escribió un erudito poema titulado “Los conjurados”. Y en este caso, con o sin el permiso de los lectores, me di licencia de parafrasearlo, por supuesto, guardando las obvias distancias. Mi breve intervención al escrito citado, la comparto con quien quiera leerla en las siguientes líneas:

En el centro de Guatemala están conspirando.

El hecho data de 2010.

Se trata de hombres de diversas estirpes, que profesan

diversas religiones y que hablan en diversos idiomas.

Han tomado la extraña resolución de ser razonables.

Han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades.

Fueron soldados de la Libertad y después contestarios,

porque eran dignos y tenían el hábito de pensar

y no ignoraban que todas las empresas

del hombre sin enfoque son vanas.

Fueron el Muso, que se clava en el pecho las

lanzas enemigas para que sus camaradas avancen.

Son un cirujano, un pastor o un procurador, pero

también son Emeye y Zapet y George y Libertópolis.

En el centro de Guatemala, en las tierras altas de Centroamérica,

crece una torre de razón y de firme esperanza.

Los departamentos ahora son veintidós. El de Guatemala,

el último, es una de mis patrias.

Mañana serán todo el planeta.

Acaso lo que digo no es verdadero, ojalá sea profético.


Y lo anterior lo expreso al amparo del Artículo 35 de la Constitución vigente en la República de Guatemala, a pesar del desamparo en el cual nos han dejado los actuales magistrados de la Corte de Constitucionalidad.



Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno”, el lunes 6 de septiembre de 2010. La imagen de las Pléyades la bajé de la Internet.

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