Principios / Marta Yolanda Díaz-Durán A.

2.11.2007

Viva el ocio


Más de uno me ha preguntado por qué identifico como mí tiempo preferido el del ocio. Sin duda, me cuestionan influenciados por la idea de que el ocioso es un haragán. Es un grave error, considero, identificar el tiempo de creación con el, a mi parecer, entregado a la nada. Aunque, algunas veces, este último también es necesario.

En fin, quien decide qué hacer con ese espacio que se le otorga, que transcurre entre nuestro primer alarido y nuestro último suspiro, es cada uno de nosotros. Respetar el proyecto de vida del prójimo es no emitir juicios de valor sobre las decisiones de otros a partir de nuestra única e irrepetible escala temporal de valoraciones.

La palabra ocio, según el “Breve diccionario etimológico de la lengua española” de Guido Gómez de Silva, editado por el Fondo de Cultura Económica, viene del latín otium: “tiempo disponible para hacer algo por gusto y no por deber”. Y para el amansaburros de la Real Academia española, en su 2da y 3era acepción, ocio es: “3. m. Diversión u ocupación reposada, especialmente en obras de ingenio, porque estas se toman regularmente por descanso de otras tareas. 4. m. pl. Obras de ingenio que alguien forma en los ratos que le dejan libres sus principales ocupaciones”. Por eso vivo en un permanente ocio. O, al menos eso intento. A mucha honra.

Hoy, por cierto, el suplemento cultural {elacordeón}, del diario guatemalteco elPeriódico, trae un interesante ensayo sobre el tema titulado “Las sublimes obras del ocio”, escrito por Antonio Tursi, Profesor de Filosofía y Política medievales y renacentistas en la Universidad de Buenos Aires y en la UNSAM (Universidad Nacional de San Martín). Que ningún compañero ocioso lo deje de leer.

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