Principios / Marta Yolanda Díaz-Durán A.

8.14.2006

Incoherencias

Cómo les duele a algunos que no me trague sus discursos manipuladores, tergiversados y políticamente correctos. Soy falible como cualquier humano. Reconozco mis errores cuando me prueban que estoy equivocada. Más aún, cuando con argumentos, razones y evidencias me muestran ese yerro lo agradezco infinitamente, porque uno de mis fines en la vida es la búsqueda de la verdad. Así que, entre más pronto corrija mis equívocos, más rápidamente puedo regresar a la senda que me lleve a encontrarme con las certezas que busco.

Para mantenerme en el camino intento ser coherente: otro de mis objetivos. Debido a esa determinación he sido tildada, de forma ad hóminen, de tantas cosas que ya olvido varias de ellas. Las más recientes incluyen acusaciones como la de “defensora de genocidas”, concepto al que agregan, irónicamente, a los israelíes. Por eso, cuando me topo con insensatos en la ruta del debate no me sorprendo. Ni el ataque me amedrenta.

En el caso del conflicto de Medio Oriente entre Hizbulá e Israel, muchos que se rasgan las vestiduras, exudan su antisemitismo y denuestan el reclamo ancestral judío (tal vez a destiempo) de territorios y exigen que se acepte lo que consideran Palestina; cuando se trata de Guatemala, gritan por la “devolución de la madre tierra a los mayas redivivos”. Intereses, prejuicios, ideologías, resentimientos, envidias, desinformación, ¿qué hay detrás de esas incongruencias? Lo mismo es aplicable a los “adalides” del Estado benefactor y el sistema mercantilista que juran velar por los pobres pero insisten en un modelo socialista fracasado.

“Ante la amenaza creciente contra la integridad de una nación, la paz y la seguridad de América Latina y el mundo, los abajo firmantes exigimos que el gobierno de Estados Unidos respete la soberanía de Cuba”, declaran cuatrocientas “personalidades” lideradas por Roberto Fernández Retamar, incluidos ocho ganadores del Nobel, sin faltar Rigoberta Menchú. Me parece acertada la crítica a la intervención de las autoridades de unos países en los asuntos de otros, como lo hizo Fidel Castro. Ahora, si los “notables” signatarios del alegato fueran consecuentes, deberían respetar la libertad individual de los isleños que no pertenecen a la “nomenclatura”. ¿Por qué estos que se identifican como “intelectuales comprometidos” (¿con quién?) no defienden con igual vehemencia los derechos de las personas comunes y sin voz? ¿Por qué no rechazan la intrusión de otros mandatarios en temas que les son ajenos?

¿Una más de esas contradicciones? Las de quienes se indignan ante la intromisión estadounidense, sin embargo, se hacen los locos con el ímpetu armamentista de Hugo Chávez. Y, a diferencia del último, al menos los primeros tienen un ejercicio del poder limitado. Este personaje sí es una amenaza, sino para “el mundo”, para América Latina.

Y, la suprema paradoja es representada por aquellos que creen leer, pero no logran entender.


Artículo publicado en el diario guatemalteco “Siglo Veintiuno” el lunes 14 de agosto de 2006.